Autora: Manuela del Caño Espinel, profesora de la Universidad de Burgos.

«Podemos perdonar fácilmente a un niño que teme a la oscuridad; pero la real tragedia de la vida es cuando los adultos temen a la luz». Platón.

El miedo es una emoción que aflora como respuesta a una percepción de peligro, amenaza o situación de riesgo. Lejos de ser algo negativo, el miedo tiene una función adaptativa, ya que prepara al organismo para enfrentar o evitar el peligro. Siempre que el peligro sea real. El miedo puede convertirse en un obstáculo si es excesivo o irracional. Por lo tanto, podemos definir dos tipos de miedo, el racional y el irracional.

Posiblemente la base de todos los miedos sea lo desconocido, lo que no entendemos, lo que no podemos prever o incluso controlar. A lo largo de la historia, la humanidad ha estado en constante búsqueda de conocimiento y comprensión del mundo que nos rodea para afrontar nuestros miedos. Y desde los albores de la civilización, la ciencia ha sido la herramienta para desentrañar los misterios de la naturaleza y mejorar nuestras vidas.

El miedo a la ciencia

¿Pero qué pasa cuando es la propia ciencia, la fuente del conocimiento (lo que contrarresta la base de todos los miedos) lo que nos da miedo?

Y es que, paradójicamente, en la época en la que más seguros estamos gracias a los avances científicos conquistados, es la ciencia y sus consecuencias lo que asusta a una gran mayoría de la población. Y esto a pesar de los beneficios evidentes que la ciencia y la tecnología han brindado a la humanidad, desde la salud y la medicina hasta la tecnología y el medio ambiente.

Como hemos dicho al comienzo de este texto, una de las razones principales detrás del miedo, también del miedo a la ciencia, es lo desconocido. Los científicos se sitúan al borde del conocimiento y van, descubrimiento a descubrimiento, ganando espacio al abismo del desconocimiento. Estos avances, a menudo, nos llevan a territorios inexplorados, donde las consecuencias de nuestras acciones pueden ser difíciles de prever: la clonación, la ingeniería genética, la inteligencia artificial. Este podríamos definirlo como el miedo racional a la ciencia.

En todo caso, el peligro no estaría en la ciencia y sus avances sino en sus aplicaciones o más bien en las intenciones de quien las aplique. Un buen ejemplo lo encontramos en la historia recientemente ganadora de un Óscar sobre el desarrollo de la tecnología nuclear detrás de la bomba atómica que actualmente sirve para tratar enfermedades y es una valiosa herramienta de diagnóstico.

Pero existen otros factores que contribuyen al temor científico. La complejidad de la ciencia moderna puede resultar abrumadora para muchas personas. Los avances en campos científicos aparentemente complejos pueden parecer incomprensibles para aquellos que no tienen formación científica, lo que genera un sentimiento de desconexión. En lugar de abrazar la ciencia como una herramienta para el entendimiento, optan por rechazarla, prefiriendo aferrarse a creencias más simples y reconfortantes.

Otro factor que contribuye al miedo a la ciencia es la influencia de la cultura popular y los medios de comunicación. Con frecuencia, vemos representaciones distorsionadas de la ciencia en películas, programas de televisión y libros, donde los científicos son retratados como canosos y despeinados villanos que crean “monstruos” incontrolables. Estos estereotipos alimentan el miedo y la desconfianza hacia la ciencia, perpetuando la idea de que los avances científicos son inherentemente peligrosos. Estos serían los miedos irracionales a la ciencia.

Y no es necesario irse a la ciencia ficción. Tenemos un gran ejemplo muy reciente en el que el planeta puso sus esperanzas en la ciencia. Durante la última pandemia el mundo científico unió sus fuerzas y esfuerzos en busca de una vacuna contra un virus. Sin embargo, el relato de la última pandemia (y remarco la última porque a lo largo de la historia hemos pasado por un gran número de ellas cuando no existían ni científicos, ni laboratorios, ni farmacéuticas) no tiene a los científicos como los héroes salvadores sino como los villanos de un laboratorio chino que la provocaron y un grupo de oportunistas liderados por farmacéuticas avariciosas que se aprovecharon de la situación económicamente, o, en casos más extremos, hasta para inocularnos chips controladores o cosas peores. Aún cuando la ciencia era la única solución, los científicos siguen siendo “los malos”.

Si estas son las razones del miedo científico, es en ellas en donde debemos poner el foco y encontrar las herramientas para contrarrestarlo.

La ética científica

Contra el miedo científico que hemos clasificado como racional, existe la ética científica. El conjunto de principios y normas que guían la conducta en la investigación y la práctica científica. Estos principios son fundamentales para garantizar la integridad, la responsabilidad y el respeto en todas las etapas del proceso científico. Posiblemente sea la ciencia el área más controlada en este sentido, y no está mal que lo sea. A ningún otro producto o resultado se le exige tanto como a los científicos. ¿Desde hace cuanto las cajetillas de tabaco deben indicar su alta peligrosidad para la salud? Sin embargo, a los científicos se les piden predicciones con margen de error cero. La honradez científica implica la imposibilidad de afirmar nada al 100% y eso se percibe como una advertencia de peligro.

Incluso son los propios científicos los que ponen los límites. Las predicciones de los futuros avances en neurociencia asociados con las nuevas tecnologías (los chips como Telepathy de Elon Musk) han llevado a científicos de todo el mundo, con el español Rafael Yuste a la cabeza, a liderar una campaña para incluir cinco neuroderechos en La Declaración Universal de los Derechos Humanos, antes de que dichos avances se hagan realidad ante la posibilidad de que, una vez alcanzados, puedan ser mal utilizados (Neuroderechos en 5 minutos, por Rafael Yuste).

La maquinaria de control de la ciencia es muy intensa, quizás el eslabón que falta, en este caso, es cómo informar de ello a la sociedad para transmitir tranquilidad.

Contra el miedo irracional a la ciencia

Contra el miedo a la ciencia que hemos definido como irracional, tenemos mucho que hacer los educadores y los científicos fomentando una cultura de aprecio y comprensión científica. En primer lugar, es crucial promover la alfabetización científica desde una edad temprana, enseñando a las personas cómo pensar críticamente, evaluar evidencia y distinguir entre hechos y opiniones. Enseñar ciencia práctica y accesible para que no sea rechazada desde las primeras etapas educativas. Además, los científicos y las instituciones deben esforzarse por ser más transparentes compartiendo sus conocimientos y hallazgos de manera comprensible y sin jerga técnica.

Es necesario hacer plenamente consciente a la sociedad de los beneficios directos de los avances científicos. En medicina y biotecnología en la mejora en la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades. En ingeniería genética de cultivos que ha permitido aumentar la productividad agrícola, mejorar la seguridad alimentaria o el desarrollo de pesticidas y fertilizantes más eficientes. Se han desarrollado variedades de arroz dorado que contienen niveles más altos de vitamina A para abordar la deficiencia de esta vitamina en las poblaciones que dependen en gran medida del arroz como fuente de alimento básica. Los avances en la tecnología de la información y comunicación han transformado la forma en que nos comunicamos, trabajamos y accedemos a la información (computadoras, Internet, teléfonos inteligentes, redes sociales, inteligencia artificial). Los primeros ordenadores se vieron como una amenaza a muchos niveles, actualmente llevamos en nuestros bolsillos móviles con tecnología superior a la que fue necesaria para pisar la luna.

«El cambio nunca es doloroso, solo la resistencia al cambio lo es». (Buddha).

Nuevos miedos

La “nueva amenaza” que nos acecha es la Inteligencia Artificial. Sin duda ha llegado para quedarse y sin duda nos hará la vida mucho más fácil. Medicina personalizada, diagnósticos más precisos y estudios más complejos y completos sobre grandes cantidades de datos médicos. Automatización de tareas repetitivas y peligrosas de manera más eficiente y segura que aumente la productividad y reduzca los errores. Predicción y prevención de desastres naturales. Mejorar la comunicación global al romper las barreras del idioma. Y mucho más. Todo dependerá de cómo se aplique. O más bien de cómo sea la sociedad que lo aplique.

Consciente de su importancia, este curso decidí introducirla en mis clases. Cual fue mi sorpresa cuando propuse a mis alumnos (nacidos en el 2004) aplicar la Inteligencia Artificial a los trabajos de la asignatura que les impartía, y su respuesta fue de miedo y rechazo total. Una gran mayoría no la había usado nunca y su aplicación se veía como negativa o fraudulenta. Estos mismos alumnos, solo dentro de dos años, serán maestros. Los maestros de las personas que aplicarán la Inteligencia Artificial. Maestros con miedo. Maestros del miedo.

Este círculo vicioso sólo puede cortarse de manera efectiva desde la educación. Desde las primeras etapas hasta las últimas. Y es en la Universidad en donde tenemos todas las posibilidades: educar a los maestros que fomentarán el espíritu científico en sus clases, formar a los futuros científicos en sus primeras etapas investigadoras y dar visibilidad a los científicos y sus avances a través de la propia institución.

Porque la ciencia es luz y no podemos tener miedo a la luz.


Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.