Autora: Rocío García Pascual
¿Alguna vez te has preguntado qué tienen en común un brillante y joven cirujano, un adolescente apasionado por los pingüinos y un físico extremadamente meticuloso con sus rutinas? Puede sonar a adivinanza, pero si te hablo de Shaun Murphy, Sam Gardner y Sheldon Cooper, seguramente ya caes en la cuenta. Todos han sido presentados como personajes autistas en series de éxito como The Good Doctor, Atypical o The Big Bang Theory.
La televisión y el cine han puesto rostro al autismo para millones de personas. De hecho, puede que para muchos la primera vez que escucharon la palabra “autismo” fuera en 1988, cuando Dustin Hoffman ganó un Óscar por su papel en Rain Man. Sin saberlo, su personaje, Raymond Babbitt, marcaría un antes y un después en la forma en que el cine representa esta condición.
Su impacto fue enorme, pero también controvertido: ayudó a visibilizar una realidad hasta entonces poco conocida, aunque al mismo tiempo instaló con fuerza el estereotipo del “genio autista”, brillante pero socialmente aislado.

Desde entonces, el cine y la televisión han seguido moldeando esta imagen. Han surgido nuevos personajes: algunos con diagnósticos explícitos, otros insinuados. Algunos retratados con sensibilidad y profundidad, otros más reducidos a clichés. Todos, en mayor o menor medida, han influido en cómo la sociedad entiende —o creer entender— el autismo.
Y ahí está la cuestión de fondo ¿cómo son realmente las personas con autismo? Porque lo que vemos en pantalla no siempre se ajusta a la realidad, ni se ajusta a las experiencias reales.
Empecemos por decir que el Trastorno del Espectro Autista no es una enfermedad, ni una rareza. Es una condición del neurodesarrollo que implica una forma diferente de procesar el mundo. Se caracterizada principalmente por diferencias en la comunicación social, la flexibilidad del pensamiento y la percepción sensorial.
Según el manual diagnóstico de referencia (DSM-V), puede incluir dificultades para iniciar o mantener conversaciones recíprocas, interpretar las normas sociales como ironías, gestos, dobles sentidos, así como conductas repetitivas, intereses específicos o sensibilidad a sonidos, luces, texturas o movimientos.
La prevalencia actual es de aproximadamente 1 de cada 100 niños en edad escolar, y esta cifra ha ido creciendo en los últimos años. Se le llama “espectro” porque no hay una sola forma de ser. Algunas personas requieren apoyos intensos en su día a día; otras, no. Algunas no hablan, otras tienen un lenguaje muy desarrollado. Algunas tienen intereses muy intensos en temas específicos; otras, menos marcados. Por eso, cuando una serie representa a un personaje autista, está contando una historia posible… pero no representa a todos. Esta mirada más amplia se conecta con la idea de neurodiversidad, propuesta en los años 90 por la socióloga Judy Singer, también autista. Singer defendía que las diferencias neurológicas son parte de la diversidad humana que merece comprensión y apoyos. Gracias a voces como la suya, hoy hablamos de inclusión desde la igualdad de todas las personas.

Y más allá de las “dificultades”, el autismo también incluye fortalezas: memoria, pensamiento lógico, atención al detalle, creatividad, amor por las rutinas y por los pequeños placeres cotidianos. También hay cualidades humanas valiosas: muchas personas autistas destacan por su honestidad, su sentido justicia, lealtad y autenticidad sin filtros. Dicen lo que piensan, sin rodeos. Lo que a veces se interpreta como torpeza, es en realidad una forma de integridad poco común.
Pero esa autenticidad muchas veces se oculta, especialmente en mujeres, que suelen ser infradiagnosticadas. El esfuerzo por encajar lleva al enmascaramiento, imitar gestos sociales o reprimir lo que las hace diferentes. No es un disfraz, sino una estrategia invisible con alto coste emocional. Entender esta diversidad es clave porque ninguna representación en pantalla puede abarcarlo todo. Y, sin embargo, para muchas personas, la primera imagen del autismo viene de una serie. Algunas representaciones han abierto puertas a la comprensión. Otras, sin querer, han reforzado estereotipos o dejado fuera muchas realidades.
Por ejemplo, ¿sabías que el personaje de Rain Man, está inspirado en una persona real? Kim Peek, un hombre con una memoria prodigiosa y habilidades cognitivas extraordinarias. Aunque en la actualidad no sería diagnosticado como autista, en su momento presentaba rasgos que se asociaron con el autismo.

En The Good Doctor, Shaun Murphy es un cirujano con memoria fotográfica y una mente capaz de visualizar el cuerpo humano como un mapa. La serie nos muestra retos reales, como la interpretación literal del lenguaje, comprender las emociones o la sensibilidad sensorial, pero también cae, en el estereotipo del “genio autista”. Shaun representa el síndrome de Savant, una condición poco común —solo se da en 1 de cada 10 personas con autismo— que se caracteriza por habilidades extraordinarias en áreas como la memoria, el cálculo o el arte. Además, la serie tiende a mostrar sus rasgos como obstáculos que debe superar para ser “funcional”, en vez de reconocerlos como parte legítimas de su identidad.
Más realista es la historia de Sam Gardner en Atypical, un adolescente apasionado de los pingüinos que busca independencia, amor y un lugar en un mundo que no siempre comprende. Lo valioso de Sam es que tiene voz propia: la serie nos permite escuchar su mundo interno, entender sus emociones y seguir su evolución más allá del diagnóstico. Aunque fue criticada en sus primeras temporadas por no contar con personas autistas en el equipo creativo, y por mostrar, una vez más, a un joven blanco, heterosexual y de “alto funcionamiento”.
Luego está Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory. Nunca se menciona que tenga autismo, pero muchos lo identifican como tal por su literalidad, sus rutinas estrictas y su dificultad para leer el lenguaje no verbal. Su personaje ha sido una de las representaciones más reconocibles y ha ayudado a que se hablara de neurodivergencia, aunque también ha sido criticado: sus rasgos se usan a menudo como excentricidades cómicas, y eso refuerza la idea de que las personas autistas son frías, egocéntricas o simplemente “raras”.
Finalmente, vale la pena reflexionar sobre Sonya Cross, la detective protagonista de The Bridge. Sonya es metódica, directa, y tiene dificultades para conectar emocionalmente. Nunca se dice que sea autista, pero su comportamiento sugiere que está en el espectro. Su personaje es especialmente interesante porque rompe con el molde masculino habitual. Sonya no es un genio inaccesible, sino una mujer compleja cuya forma de estar en el mundo genera tanto incomodidad como empatía. Sin embargo, al no nombrarla autista, la serie pierde una oportunidad importante para visibilizar la diversidad femenina dentro del espectro.
Como vemos, muchas representaciones siguen siendo parciales. Hombres con talentos excepcionales, poca expresión emocional y problemas para relacionarse. Pocas veces se muestran los matices cotidianos, las estrategias de adaptación o las múltiples realidades que conviven en el espectro. Tampoco se habla lo suficiente de los apoyos que pueden necesitar para desenvolverse en su día a día: desde apoyos visuales para organizar tareas o rutinas, hasta la anticipación de cambios para reducir la ansiedad; el uso de sistemas aumentativos o alternativos de comunicación; o simplemente, espacios que comprendan sus formas de percibir y expresar.
Por ejemplo, algo tan sencillo como una agenda visual con pictogramas puede ayudar a estructurar el día, anticipar actividades, dar mayor seguridad y hacerles independientes. Al final, no es tan distinto de lo que hacemos todos cuando seguimos las instrucciones de una receta o para montar un mueble de IKEA: una guía visual que nos orienta paso a paso para no perdernos, pero para ellos, es especialmente vital. También son importantes los apoyos emocionales, familiares y sociales, contar con figuras de referencia que comprendan su forma de comunicar o participar en grupos donde se sientan aceptadas puede marcar una gran diferencia.
Como concluyen investigaciones recientes, estas series pueden mejorar actitudes, pero no siempre aumentan el conocimiento y la comprensión real. Por eso, es esencial que estos personajes que nos hacen reír, emocionarnos o reflexionar, también contribuyan a ampliar la mirada social y nos enseñen la diversidad real de esta condición.
Abrir la mirada a la neurodiversidad implica cuestionar no solo cómo entendemos el autismo, sino cómo interpretamos lo que es “normal”. Nos invita a revisar lo que consumimos en pantalla, a repensar nuestros valores, y a relacionarnos con los demás entendiendo las diferencias. Y que quizás lo más importante no sea adaptarse a la norma, sino crear comunidades donde todas las personas puedan participar.
Porque sí, las historias que vemos influyen en lo que pensamos. Pueden abrir puertas o reforzar prejuicios. Representar con respeto y rigor no es sólo una elección, es una responsabilidad. Porque cuando una serie habla de autismo, no solo está escribiendo un guion, está moldeando cómo el mundo ve –y trata– a millones de personas. Y eso trasciende las pantallas. Puede marcar la diferencia entre inclusión y exclusión, y puede transformar vidas. Es, sin duda, una gran oportunidad para construir un mundo más justo, más humano y verdaderamente diverso.
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Imágenes utilizadas
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Referencias audiovisuales
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Lorre, C., & Prady, B. (Creators). (2007–2019). The Big Bang Theory [TV series]. CBS.
Rashid, R. (Creator). (2017–2021). Atypical [TV series]. Netflix.
Shore, D. (Creator). (2017–present). The Good Doctor [TV series]. ABC Studios.
Brennan, M. (Creator). (2013–2014). The Bridge [TV series]. FX.
Artículo participante del VIII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.


