De Jane Austen y las primeras feministas a la Guía de Uso de Lenguaje No Sexista.
Autora: Irene Romero González.
La invisibilidad de la mujer utilizando el lenguaje, sexista, es una reivindicación que se lleva haciendo desde que la Unesco publicó en 1999 sus recomendaciones. Lo que se trata es de fomentar el uso de un lenguaje correcto e inclusivo a la vez de integrar tanto a mujeres como a hombres.
No es un concepto nuevo y de reciente creación y uso[1], sino que las primeras mujeres feministas (así llamadas posteriormente), como Rachel Speght en el siglo XVII, empezaron a contrarrestar el lenguaje sexista que empleaban los escritores de la época utilizando técnicas como la repetición o los juegos de palabras. Speght en un escrito (sin ocultar su identidad, algo poco común entonces), criticó los errores gramaticales de Joseph Swetnam utilizando el silogismo as/ass o wonderfool (Taillefer, 2008:24). Otras autoras coetáneas, además, adaptaron los folletos y otras declaraciones al interés y condición femenina, ejemplo de ello fue, también, la propia Speght que reinterpretó las Escrituras desde una óptica protestante y feminista (1617) y, años más tarde, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft que escribieron Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791) y Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792), respectivamente.
En un viaje por los primeros escritos sobre ideas y reivindicaciones feministas descubrimos que todas reclamaban lo mismo: igualdad de fortaleza de cuerpo y mente oponiéndose a la delicadeza de las mujeres (Margaret Lucas Cavendish o Elizabeth Carter), libertad económica y matrimonial y, como tema prioritario, la educación racional y superior, semejante a la de los hombres, versada en artes, lenguas, astronomía o aritmética (destacan Bathsua Reginald Makin y Mary Astell). Alegaban que sin educación las mujeres no alcanzarían la igualdad “ni desempeñarán las mujeres nunca los deberes peculiares de su sexo, hasta convertirse en ciudadanas ilustradas, hasta ser libres al estar capacitadas para ganar su propia subsistencia, independientes de los hombres, en la misma manera, quiero decir, para evitar el malentendido, que un hombre es independiente de otro” (Wollstonecraft, 2005:229).
El lenguaje, aprendido dentro de la sociedad patriarcal, ha estado muy vinculado a la forma en la que se construye la imagen de las mujeres, su autonomía y su ubicación espacial. El lenguaje muestra y transforma la realidad que lo crea, en este caso, estableciendo una distinción espacial que traslada a la mujer a lo privado (a lo doméstico, al hogar), mientras que el espacio público (lo exterior, lo social) pertenece al hombre. En esta línea, Wollstonecraft en su Vindicación critica el modelo establecido por Jean-Jacques Rousseau en Discurso sobre el origen los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1775) que negaba la posición pública de la mujer e “instándolas a ser activas y fuertes en el espacio que les es propio: la esfera privada. […] Su fuerza y su poder radican en su vinculación a lo doméstico y a las virtudes familiares […] la excelencia moral de éstas, pues es en la esfera privada donde se encuentran las virtudes naturales frente a una corrompida esfera pública” (Wollstonecraft, 2005:17). Apoyando a este mensaje, a finales del siglo XVIII varios arquitectos de moda, como Robert y James Adam, articularon una estructura social en torno a los interiores de las casas de las clases medias. El comedor y la biblioteca se convirtieron en el territorio de los hombres donde hablaban de política y otros temas en los que las mujeres no tenían ni voz ni voto, además estaban diseñados con un marcado estilo masculino y claramente diferenciados de otros cuartos. Las mujeres, en cambio, se reunían en un cuarto aledaño al comedor a tomar el té, coser, tejer, leer o pintar (Wall, 2009:89-91).
Un análisis más exhaustivo de la discriminación espacial en función del género y su aplicación en el lenguaje nos lleva a observar cómo se reflejaba en las novelas de escritoras coetáneas a estas primeras feministas. Tomando como ejemplo a Jane Austen, en su época, los hombres y las mujeres tenían sus propias habitaciones. En ellas, pasaban la mayor parte del día. Mientras que en las novelas Austen es consciente de esto y, así, lo refleja en diversas ocasiones (la biblioteca del Sr. Bennet (Austen, 2020:62) o el salón de Lady Catherine (Austen, 2020:66)), ninguna de las adaptaciones que se han hecho de su novela Orgullo y Prejuicio, salvo la realizada en 1980 por Cyril Coke, muestran con tanto detalle esta distinción de género. En esta adaptación, vemos que la Sra. Bennet y sus hijas están siempre en el mismo cuarto donde cosen, leen, hablan y se reúnen con sus amigas, así como cuando Elizabeth Bennet acude a visitar a su amiga Charlotte Lucas a su nueva casa ésta la lleva a su cuarto privado al que su marido no tiene acceso salvo si se lo permite ella. En cambio, cuando vemos al Sr. Bennet siempre está en su biblioteca y cuando no está aquí está con su mujer y sus hijas en el comedor, un espacio común.
Jane Austen era una mujer muy observadora en tanto que los espacios domésticos y arquitectónicos fueron plasmados con gran realismo y objetividad, hasta el punto de establecer una gran diferenciación y definición de las estancias en función del género de los personajes de sus novelas. Cynthia Wall considera que los espacios interiores que aparecen en cada una de las novelas de Austen tratan de redefinir el espacio
pero también sugieren formas de resistencia a esas redefiniciones, formas que a su vez cambian en respuesta no sólo a las circunstancias individuales o a las demandas narrativas, sino también a las cambiantes presiones y posibilidades culturales en términos de espacio controlado, defendido o integrado. (Wall, 2009:92).
En sus novelas Austen hace una excelente, clara y justificada separación entre los espacios masculinos y femeninos, reflejo de la sociedad en la que vivía. Estos espacios interiores
contribuirían a modelar los hábitos sociales e intelectuales, los modales y las suposiciones de las mujeres inglesas de clase alta y media, y al creciente sentido de división y diferencia entre hombres y mujeres, entre lo público y lo privado, entre lo político y lo doméstico. (Wall, 2009:107).
Como bien se ha indicado, Austen consciente de su realidad social trataba de cambiar en su obra esto primero escribiendo novelas, aunque fuera mujer, y, en segundo, lugar creando protagonistas que viajaran, leyeran, tuvieran una gran formación (“las que hemos querido aprender no nos han faltado nunca los medios” (Austen, 2020:139)), asistieran a bailes, pasearan y, además, se relacionaran con otra gente que no fuese su familia. Sus heroínas no son conscientes de su feminismo ni de estas ideas de liberación, aun siendo un ejemplo claro del primer feminismo, pero tiene los ideales que promovían autoras como Wollstonecraft, Hays o Mary Astell: seres racionales, honradas, de naturaleza moral y racional igual que los hombres, responsabilidad con su conducta, buena educación para evitar la debilidad femenina, buen dominio de sí mismas (como Elizabeth Bennet o Anne Elliot), excelente dominio del lenguaje y libertad e independencia de elección.
Años más tarde, Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia (1929) reflexiona sobre cómo se había apartado a las mujeres de la escritura y qué valor e integridad habían tenido aquéllas que se había atrevido a plantar cara a las críticas de la sociedad patriarcal en la que vivían y a escribir “como escriben las mujeres, no como escriben los hombres. De todos los miles de mujeres que escribieron novelas en aquella época, sólo ellas [Jane Austen y Emily Brontë] desoyeron por completo la perpetua amonestación del eterno pedagogo: escribe esto, piensa lo otro. Sólo ellas fueron sordas a aquella voz persistente, ora quejosa, ora condescendiente, ora dominante, ora ofendida, ora chocada, ora furiosa, ora avuncular, aquella voz que no puede dejar en paz a las mujeres, que tiene que meterse con ellas” (Woolf, 1986:73), además de escribir sobre mujeres desde su punto de vista y no sobre el masculino (como había sucedido hasta Jane Austen) pues “ésta es una parte tan pequeña de la vida de una mujer… Y qué poco puede un hombre saber siquiera de esto observándolo a través de las gafas negras o rosadas que la sexualidad le coloca sobre la nariz (Woolf, 1986:80).
Las reinterpretaciones actuales de las novelas de Austen (El diario de Bridget Jones, Lost in Austen o Clueless) hacen que el discurso y el lenguaje tomen tintes más feministas y reivindicativos y, por tanto, mayor inclusión y visibilización de la mujer. Se ha conseguido la igualdad social, la libertad, la independencia económica y patriarcal, el voto, el aborto… pero aún nos queda un gran camino para visibilizar a la mujer desde el lenguaje. Por eso es tan necesario no sólo la aparición de las guías como la promovida por la Universidad de Burgos y la Unidad de Igualdad sino un compromiso individual y colectivo implicando también a la literatura.
Bibliografía
Austen, Jane. Orgullo y Prejuicio. RBA Coleccionables, S.A.U, Navarra, 2020.
Beauvoir, Simone de. El segundo sexo. Ed. Siglo Veinte, Buenos Aires, 1987.
Menéndez Menéndez, María Isabel. Guía de Uso. Lenguaje No Sexista. Cuadernos de igualdad, Universidad de Burgos, 2024.
Romero González, Irene. Feminismo y postmodernidad en las adaptaciones de la obra de Jane Austen. Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2011.
Taillefer de Haya, Lidia. Orígenes del feminismo. Texto del Siglo XVI al XVIII. Narcea SA de Ediciones, Madrid, 2008.
UNESCO. Recomendaciones para un uso no sexista del lenguaje. Servicio de Lenguas y Documentos de la UNESCO, París, 1999.
Wall, Cynthia. “Gendering Rooms: Domestic Architecture and Literary Acts” en Bloom, Harold, (ed.). Jane Austen. Infobase Publishing, Nueva York, 2009. 89-112
Wollstonecraft, Mary. Vindicación de los derechos de la mujer. Edición de Marta Lois González. Ed. Istmo, Madrid, 2005.
Woolf, Virginia. Una habitación propia. Ed. Seix Barral, Barcelona, 1986.
[1] “forman parte de la tradición lingüística y literaria tanto de nuestro idioma como de otros, son manifestaciones de la cultura en todas las épocas y no faltan ejemplos de personas que, al escribir, querían aclarar que se referían a hombres y a mujeres.” (Menéndez, 2024:13)
Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.


