Autor: Miguel Ángel Queiruga

Jesús acaba de salir de la consulta de atención primaria con un cierto aire de preocupación. Su médico le ha dicho que tiene el azúcar alto. Él no entiende porqué su sangre tiene tanta azúcar, a fin de cuentas, se siente bien, no le duele nada, y no está dispuesto a dejar de fumar, ni de tomar azúcar en su café matutino.

El episodio narrado ocurre frecuentemente en las consultas de atención primaria, sobre todo, en aquellos pacientes con sobrepeso u obesidad, que se encuentran entre los 60-80 años. De hecho, 1 de cada 7 personas en España sufre diabetes mellitus tipo 2 (DM2), si bien, prácticamente la mitad de ellos desconoce que tiene la enfermedad. Pero, ¿qué es la DM2?

La diabetes es una enfermedad compleja que afecta a la capacidad de regular adecuadamente la cantidad de nutrientes procedentes de los alimentos. En esencia, los niveles de azúcar están elevados en nuestra circulación sanguínea, y suele manifestarse como polidipsia, poliuria y polifagia, es decir una necesidad exagerada de beber, orinar y comer.

La DM2 tiene un gran impacto sanitario y económico en nuestro país, ya que es la principal causa de ceguera, amputaciones e insuficiencia renal, lo que supone que el 8% del gasto sanitario en España se dedique a esta enfermedad. Además, si usted padece de diabetes debe saber que el riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular (por ejemplo, un infarto de miocardio) aumenta considerablemente.

Para entender lo que es la DM2 primero es necesario conocer cómo funciona nuestro cuerpo. Para ello imaginemos el motor de un coche eléctrico, que puede funcionar con combustible diesel o electricidad. Nuestro organismo se comporta como un motor con capacidad de usar dos tipos de combustible diferentes para obtener la energía necesaria, y mantener su funcionamiento. Fundamentalmente nuestras células emplean los hidratos de carbono y las grasas como combustible celular. Los hidratos de carbono son procesados durante la digestión y transformados en un azúcar denominado glucosa, que es transportada a nuestros órganos y tejidos a través del sistema circulatorio.

Cuando en nivel de glucosa se eleva tras una comida, el páncreas produce y secreta la hormona insulina al torrente sanguín, provocando que la glucosa sea captada y utilizada principalmente por el músculo esquelético. La propia insulina facilita que el exceso de glucosa que no se ha utilizado sea almacenado en forma de glucógeno en el hígado (Figura 1). Cuando los niveles de glucosa retornan a sus valores normales, por la acción de la insulina, las células productoras de insulina dejan de ser estimuladas y cesa la producción de insulina.

En el periodo entre comidas nuestro organismo sigue necesitando de la glucosa para poder funcionar. Para ello, el páncreas secreta otra hormona denominada glucagón, que actúa sobre el hígado para que se libere la glucosa almacenada, y se produzca nueva glucosa (Figura 2). Durante los estados de ayuno, es muy importante producir glucosa para que nuestro cerebro continúe con sus funciones.

Esta regulación de la glucosa en sangre se denomina homeostasis de la glucosa, y es uno de los procesos fisiológicos más importantes que nos permiten adaptarnos al medio externo y favorecen nuestra supervivencia.

Cuando la insulina no es capaz de regular los niveles de glucosa en sangre, se produce una condición denominada hiperglucemia, que causa el deterioro de nuestro organismo, y con el paso de los años puede llegar a ser mortal. Si nuestro organismo no es capaz de producir insulina, desarrollaremos la denominada diabetes mellitus tipo 1 (DM1); mientras que la causa de la DM2 es que el organismo no usa eficazmente la insulina que produce.

A diferencia de la diabetes mellitus tipo 1, el rasgo distintivo del tipo 2 es la presencia de una condición denominada “resistencia a la insulina”, es decir, la incapacidad de nuestro organismo para responder de manera eficiente a la acción de la insulina.

¿Por qué nuestro cuerpo se resiste a usar la glucosa? Para explicar el concepto de resistencia insulínica imaginemos una llave y su cerradura. Cada llave tiene una serie de muescas o dientes que encajan en una única cerradura. Imaginemos ahora que instalamos esa cerradura en la puerta que da acceso a la regulación y funcionamiento de un cuadro eléctrico. Si instalamos ese cuadro eléctrico en varias plantas de un edificio podremos con una sola llave tener el control del funcionamiento eléctrico de todo el edificio.

En el ejemplo, nuestro organismo sería el edificio, y cada uno de nuestros órganos se correspondería con las plantas del mismo. La insulina (la llave), a través de su receptor específico, (la cerradura) regula la capacidad de captar y metabolizar la glucosa en nuestros tejidos. De esta forma, se consigue una homeostasis de la glucosa empleando el mismo mecanismo de acción en cada tejido.

Pero, siguiendo con nuestro ejemplo, ¿qué sucedería si con el paso del tiempo se fuera desgastando el encaje de llave con la cerradura? Al principio, tendríamos un poco de dificultad para abrir las cerraduras. Con el tiempo, aparecería una resistencia cada vez mayor a que la llave abriese la cerradura, haciendo que la capacidad de regular la red eléctrica del edificio sea más lenta e ineficaz. En un punto, la llave dejaría de funcionar, y sería imposible regular la electricidad del edificio.

De manera similar, la edad, el exceso de calorías y la inactividad física provocan que aparezca una resistencia a la acción de la insulina en nuestros tejidos, originando una hiperglucemia.

En un primer momento de la enfermedad, el páncreas es capaz de producir más insulina para mantener los niveles fisiológicos de glucosa, es la denominada fase de compensación. Pero por causas no del todo conocidas, llega un punto en el que las células productoras de insulina se agotan, y dejan de producir la insulina necesaria. En ese momento debuta la enfermedad.

Quizá usted ahora mismo esté pensando si padece o no DM2. La forma más sencilla de  saberlo es una simple analítica, donde se puede determinar la cantidad de glucosa y hemoglobina glicosilada posee en sangre. Muchas personas desconocen que prevenir es mejor que curar, y que la DM2 puede prevenirse eficazmente a través de una alimentación equilibrada y la práctica de ejercicio físico moderado, como caminar durante 30 minutos cada día.

En el caso de que usted ya tenga la enfermedad, lo más probable es que esté siendo tratado con fármacos orales que le ayuden a su páncreas a producir más insulina (secretagogos) o fármacos que ayuden a su cuerpo a ser menos resistentes a la insulina (mejoran la sensibilidad a la insulina de sus órganos). Si estos fármacos no son suficientes para controlar sus niveles de glucemia en sangre, se necesitará la administración de insulina inyectada.

En conclusión, el impacto sanitario y económico de la DM2 requiere del trabajo conjunto de los profesionales de la salud (médicos de atención primaria, enfermeras, nutricionistas, endocrinos, etc.), de una investigación traslacional por parte de los investigadores, y de una actitud positiva y cooperadora por parte del paciente diabético. Pero, sobre todo, no debemos olvidar el rostro humano de los pacientes diabéticos y sus familiares, que deben convivir con una enfermedad crónica durante el resto de sus días.

Figura 1: Regulación de los niveles de glucosa en sangre durante el estado absortivo. Tras la ingesta de comida los nutrientes son procesados y aumentan los niveles circulantes de glucosa en sangre. Las células productoras de insulina del páncreas (β- pancreáticas) secretan insulina al torrente circulatorio, provocando la captación de la misma por el músculo, y el almacenamiento en forma de glucógeno en el hígado. De esta forma, los niveles de glucosa circulantes vuelven a la normalidad.

Figura 2: Regulación de los niveles de glucosa en sangre durante el ayuno. En el estado post-absortivo (ayuno) los niveles circulantes de glucosa e insulina en sangre son bajos, lo que estimula la producción de la hormona glucagón en el páncreas. Las células productoras de glucagón del páncreas (células α-pancreáticas) secretan glucagón al torrente circulatorio, provocando en primera instancia que el hígado libere la glucosa almacenada en forma de glucógeno; y posteriormente, la producción de glucosa mediante un proceso denominado gluconeogénenesis. De esta forma, los niveles de glucosa circulantes se mantienen constantes.