Autora: Lorena Torrente Estringana.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que la depresión y la ansiedad son problemas de salud mental muy comunes. Antes de la pandemia de COVID-19, los trastornos de ansiedad afectaban al 6,7% de la población mundial, con mayor incidencia en mujeres que en hombres. Si se incluyen los «signos y síntomas de ansiedad», esta cifra se eleva al 10,4%.

Por otro lado, la depresión afectaba al 4,1% de la población, siendo más frecuente en mujeres y aumentando con la edad, datos que han aumentado en los últimos años. Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en 2022 se registró un consumo de 98,4 dosis diarias de antidepresivos por cada 1.000 habitantes, situando a España como el tercer país de la Unión Europea con mayor consumo de estos medicamentos.

Este alto consumo refleja la importancia y prevalencia de los trastornos mentales en nuestra sociedad y la necesidad de abordarlos de manera efectiva. Es esencial comprender que tanto la depresión como la ansiedad son el resultado de diversas interacciones entre factores genéticos, biológicos, psicológicos y ambientales. Este enfoque nos permite explorar nuevas perspectivas para entender y tratar estos trastornos.

Cada vez hay más evidencia que sugiere que la inflamación crónica puede jugar un papel significativo en el desarrollo y mantenimiento de la depresión y la ansiedad. Este fenómeno va más allá de las respuestas inmunitarias tradicionales a enfermedades o lesiones y está asociado con diversos trastornos de salud.

En los últimos años, la investigación científica ha revelado un vínculo cada vez más claro entre la inflamación crónica y la salud mental. La inflamación, una respuesta natural del cuerpo a las enfermedades y lesiones, se ha reconocido durante mucho tiempo como un componente crucial en la lucha contra las infecciones y la promoción de la curación. Sin embargo, los estudios recientes sugieren que la inflamación crónica, que persiste durante períodos prolongados de tiempo, puede tener consecuencias mucho más amplias y perjudiciales de lo que se pensaba anteriormente. Este fenómeno no solo afecta los sistemas inmunológico y físico del cuerpo, sino que también puede tener un impacto significativo en el funcionamiento del cerebro y la salud mental. En particular, se ha descubierto que está estrechamente vinculada al desarrollo y la persistencia de la depresión y la ansiedad. Este nuevo entendimiento desafía la noción tradicional de que los trastornos mentales son puramente resultado de desequilibrios químicos o factores psicológicos, y sugiere que los procesos inflamatorios pueden desempeñar un papel crucial en su desarrollo.

Entendiendo la Inflamación: Aguda vs. Crónica.

En nuestro día a día, solemos asociar la inflamación con ese enrojecimiento y dolor que surge tras una lesión o infección. Por supuesto, esta respuesta del sistema inmune, conocida como inflamación aguda, es crucial para la reparación y defensa del cuerpo (1). Por ejemplo, cuando sufrimos un esguince, esa hinchazón y enrojecimiento son señales de que nuestro organismo está llevando más sangre y sustancias reparadoras al área afectada, y por ende, en este caso es necesaria y beneficiosa para la recuperación.

Pero, ¿qué sucede cuando esta inflamación se vuelve crónica?. A diferencia de la aguda, la inflamación crónica es más sutil y sistémica, general y silenciosa, y se asocia con muchas enfermedades degenerativas a largo plazo. El cuerpo reacciona ante ciertas sustancias y condiciones como si estuviera enfrentando una infección o lesión, aunque de manera menos intensa, lo que se conoce como «bajo grado» de inflamación. El problema radica en que estos desencadenantes están presentes de manera constante en nuestra vida diaria: desde el estrés crónico hasta una mala alimentación o la falta de sueño (1).

¿Cómo esto puede afectar a nuestra salud mental?

Lo podemos entender desde el punto de vista evolutivo, en tiempos ancestrales, el peligro frente a patógenos, depredadores y enemigos humanos (como rivales) dio lugar a un sistema integrado de respuestas inflamatorias, inmunológicas y conductuales que ayudaban al sujeto herido, estresado por el peligro de un ataque o enfermo (2, 3).

Los síntomas de la depresión como la evitación social y la anhedonia, es decir, la pérdida de interés y la incapacidad de experimentar placer; en ese punto de la historia y la evolución tenían sentido y proporcionaron una ventaja evolutiva en la supervivencia de la especie consiguiendo que el individuo herido o infectado conservara energía para combatir la infección o evitar otras nuevas, y la curación de las heridas, mientras que la hipervigilancia y estado de alarma característicos de los trastornos de ansiedad protegían contra un posible ataque y la posterior exposición a patógenos, además de poder persuadir a los demás sujetos reacios a proporcionar ayuda a que sí lo hicieran (4, 5).

Los principales estresores de la vida, especialmente aquellos que involucran estrés interpersonal y rechazo social, se encuentran entre los factores de riesgo más fuertes para la depresión, las experiencias de amenaza social y adversidad regulan al alza los componentes del sistema inmune implicados en la inflamación. Los mediadores clave de esta respuesta, llamados citoquinas proinflamatorias, a su vez pueden provocar cambios profundos en el comportamiento, que incluyen el inicio de síntomas depresivos tales como tristeza, anhedonia, fatiga o abstinencia social y conductual. Esta respuesta biológica es crítica para la supervivencia en tiempos de amenaza o lesión física real. Sin embargo, esta respuesta también puede ser activada por amenazas sociales, biológicas o simbólicas de hoy en día, que conducen a una situación proinflamatoria cada vez mayor que puede ser un fenómeno clave que impulsa a la depresión (2, 4).

Desde un punto de vista más bioquímico, se ha observado que las personas con depresión tienden a tener niveles más altos de ciertas sustancias en la sangre, como las citoquinas proinflamatorias y la proteína C-reactiva, que son señales de inflamación en el cuerpo. Además, la administración de ciertas sustancias que causan inflamación a personas sin depresión puede provocar síntomas depresivos (6, 7).

Por otro lado, cuando una persona experimenta remisión de la depresión, los niveles de estas sustancias inflamatorias tienden a normalizarse, lo que sugiere que la disminución de la inflamación está asociada con una mejora en el estado de ánimo. Además, se ha observado que seguir dietas antiinflamatorias puede reducir los síntomas de la depresión en algunas personas, observando de esta manera el papel crucial que tiene nuestra alimentación (8, 9).

Cuando nuestro sistema inmunológico se activa, produce citoquinas inflamatorias que pueden dañar nuestras células y causar estrés en el cuerpo. Esto puede interferir con la producción de sustancias químicas en el cerebro, como la serotonina y la dopamina, que nos hacen sentir bien, y si se afecta esta comunicación se contribuye a los sentimientos de tristeza y ansiedad (10).

Por ejemplo, imaginemos una persona que está resfriada y su cuerpo está luchando contra el virus. Como está enfermo, es posible que se sienta más triste o ansioso de lo normal. Esto se debe a que la inflamación en su cuerpo puede influir en su estado de ánimo. Del mismo modo, cuando el cuerpo está experimentando inflamación crónica, es posible que nos sintamos más deprimidos o ansiosos de lo habitual.

Conclusiones y recomendaciones.

La comprensión de cómo la inflamación crónica influye en el desarrollo de la depresión y la ansiedad es un paso crucial hacia la mejora de la salud mental en nuestra sociedad. Esta perspectiva nos permite reconocer la complejidad de estos trastornos y nos insta a considerar enfoques multidisciplinares en su prevención y tratamiento.

La evidencia científica nos muestra que los trastornos mentales también están influenciados por procesos biológicos como la inflamación crónica. Por lo tanto, abordar la salud mental requiere considerar tanto los aspectos físicos como los emocionales y ambientales de nuestro bienestar.

Al adoptar un estilo de vida saludable que incluya ejercicio regular, una dieta balanceada y la gestión del estrés, podemos reducir la inflamación crónica y fortalecer nuestra salud mental. El ejercicio físico regular no solo ayuda a mantener un peso saludable, fortalecer el cuerpo y prevenir la inflamación cronica, sino que además tiene otros efectos positivos en el cerebro al aumentar la producción de endorfinas, conocidas como las «hormonas de la felicidad», que mejoran nuestro estado de ánimo y reducen el estrés (11).

Además, una alimentación adecuada desempeña un papel fundamental en la regulación de la inflamación en el cuerpo. Consumir una dieta rica en alimentos antiinflamatorios, como frutas y verduras frescas, pescado rico en ácidos grasos omega-3, nueces, semillas y granos enteros, puede ayudar a reducir la inflamación y promover la salud mental (9, 12).

Reconocer y abordar la conexión entre la inflamación crónica y los trastornos mentales como la depresión y la ansiedad nos brinda una nueva perspectiva sobre cómo mejorar nuestra salud mental. Al adoptar un enfoque que incluya hábitos de vida saludables, como el ejercicio regular y una dieta equilibrada, podemos reducir la inflamación crónica y fortalecer nuestra salud mental.

Referencias.

*Todas las figuras presentes en el documento han sido creadas por la autora específicamente para el artículo.

  1. Furman D, Campisi J, Verdin E, Carrera-Bastos P, Targ S, Franceschi C, et al. Chronic inflammation in the etiology of disease across the life span. Nat Med. 2019;25(12):1822–32.
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  •  Reichenberg A, Yirmiya R, Schuld A, Kraus T, Haack M, Morag A, et al. Cytokine-associated emotional and cognitive disturbances in humans. Arch Gen Psychiatry. 2001;58(5):445.
  • Hannestad J, DellaGioia N, Bloch M. The effect of antidepressant medication treatment on serum levels of inflammatory cytokines: A meta-analysis. Neuropsychopharmacology. 2011;36(12):2452–9.
  • Shivappa N, Hébert JR, Veronese N, Caruso MG, Notarnicola M, Maggi S, et al. The relationship between the dietary inflammatory index (DII®) and incident depressive symptoms: A longitudinal cohort study. J Affect Disord. 2018;235:39–44.
  1. Felger JC. Imaging the role of inflammation in mood and anxiety-related disorders. Curr Neuropharmacol. 2018;16(5):533–58.
  1. Noetel M, Sanders T, Gallardo-Gómez D, Taylor P, del Pozo Cruz B, van den Hoek D, et al. Effect of exercise for depression: systematic review and network meta-analysis of randomised controlled trials. BMJ. 2024;e075847.
  1. Kim N, Yun M, Oh YJ, Choi H-J. Mind-altering with the gut: Modulation of the gut-brain axis with probiotics. J Microbiol. 2018;56(3):172–82.

Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.