Autor: Guillermo Zorrilla Revilla.
Expresiones como “come como un pajarillo y no baja de peso” o “me mato en el gimnasio y no sirve de nada” seguro que nos suenan familiares, pero más allá de lo anecdótico, reflejan una realidad que muchas personas experimentan: la dificultad para perder peso a pesar de hacer ejercicio. Parece que los caminos del metabolismo humano son inescrutables, ¿o no?
Aunque no sepamos cómo funcionan las calorías, el adenosín trifosfato o ATP, o el gasto energético en general, parece lógico pensar que cuanto más nos movemos, más energía o calorías quemaremos en ese día. Esto sugeriría una relación directa entre la actividad física que realizamos y nuestro gasto energético diario. Sin embargo, estudios recientes sugieren que la relación entre actividad física y gasto energético total no es tan lineal como se pensaba. Una vez más, todo lo relacionado con los humanos resulta más complejo de lo que parece.
¿Más ejercicio, más gasto calórico? Un modelo cuestionado
La idea de que el gasto energético diario aumenta proporcionalmente con la actividad física ha sido la base de muchas estrategias para el control del peso. Por ejemplo, existe una gran cantidad de estudios científicos e intervenciones médicas que han intentado mitigar los efectos del sobrepeso y la obesidad mediante más actividad física1,2. A pesar de los esfuerzos, en la mayoría de los casos, el peso tiende a estabilizarse tras una leve mejora, incluso cuando se sigue aumentando el esfuerzo dedicado a la actividad física.

Tras muchos intentos de explicar este aparente oxímoron energético, investigaciones en el campo de la antropología biológica y la medicina evolutiva han propuesto un modelo novedoso que explicaría tal contradicción.
Fue el antropólogo evolutivo Herman Pontzer, profesor en la Duke University, en sus trabajos de la pasada década 3,4, quien introdujo el denominado modelo de “gasto energético constreñido” o “limitado” (del inglés, Contrained Total Energy Expenditure). Según Pontzer y su equipo, el presupuesto energético diario humano está limitado, ya que ha sido seleccionado evolutivamente en contextos de escasez de recursos. Esto ayudaría a evitar un gasto energético excesivo cuando la comida escasea o es difícil de conseguir.
El principio clave de este modelo es que, por mucho que los humanos aumentemos el gasto energético dedicado a la actividad física, el gasto energético total diario—el presupuesto de calorías del que disponemos al día—no se incrementa proporcionalmente, a diferencia de lo que proponía el Modelo Aditivo tradicional (ver Figura 2). Para no superar ese presupuesto energético total—imaginen por un momento vivir de la caza y la recolección en un entorno con recursos limitados, donde caminar o correr más no garantiza más ni mejores alimentos—nuestro cuerpo activa una serie de mecanismos compensatorios, tanto fisiológicos como conductuales, que ajustan otras áreas del gasto energético total diario para evitar que se sobrepase un límite determinado.

Un claro ejemplo de este fenómeno lo descubrió Pontzer y su equipo5 al estudiar cuánta energía diaria total gastaban los Hadzas, un pueblo de cazadores-recolectores del norte de Tanzania. A primera vista, cabría esperar que su gasto energético fuera mucho mayor que el de una persona en un país occidentalizado, ya que deben caminar distancias largas, trepar árboles o cavar en busca de raíces y tubérculos para conseguir su alimento. Sin embargo, el hallazgo fue sorprendente: a pesar de su estilo de vida activo, los Hadzas quemaban prácticamente la misma cantidad de calorías diarias que una persona promedio en los Estados Unidos, cuya actividad física puede limitarse a levantarse del sofá y abrir la puerta del frigorífico para buscar algo de comer.
Mecanismos de compensación: cómo regula el cuerpo nuestra supervivencia energética
Para evitar gastar más energía de la cuenta, nuestro organismo pone en marcha una serie de mecanismos compensatorios. Por ejemplo, puede reducir la energía que usa para reparar tejidos o para mantener la temperatura corporal. También puede bajar la actividad del sistema inmunitario o incluso frenar la función reproductiva en situaciones extremas, algo común en atletas de élite, particularmente en mujeres, donde la amenorrea inducida por ejercicio es bastante frecuente. Además, nos puede hacer cambiar hábitos del día a día sin que nos demos cuenta: es más probable que optemos por usar el coche en lugar de caminar, que prefiramos quedarnos tumbados en el sofá en vez de salir a socializar con los amigos, o incluso dormir más rato a lo largo de la noche y el día. Incluso podríamos volvernos más eficientes en el ejercicio, lo que explicaría por qué, con el tiempo, gastamos menos energía al hacer la misma rutina en el gimnasio (¡qué fastidio, verdad!).
Aunque todas estas compensaciones responden a dónde y cómo vivamos: imagínense apagar el sistema inmune en un entorno repleto de patógenos como la selva amazónica o reducir la temperatura corporal en la tundra siberiana. Por lo que, dependiendo del medio en el que vivamos, unas compensaciones van a priorizar respecto a otras. No obstante, aún se requieren más estudios para comprender cómo se activan estos mecanismos y cuáles son los estímulos que los desencadenan.
Implicaciones para la salud y el bienestar
A primera vista, este descubrimiento podría interpretarse como un argumento en contra del ejercicio, una oda al sedentarismo, una exaltación a la vagancia o incluso un espaldarazo para aquellas personas que, sin pruebas, afirman que el ejercicio no sirve para nada o incluso puede ser perjudicial. Pero nada más lejos de la realidad.
A pesar de que una mayor dedicación a la actividad física no vaya a tener los efectos deseados en nuestro peso corporal, tiene otros los cuales no somos conscientes y también se explican gracias a estas compensaciones metabólicas. En base a este modelo restrictivo, se espera que, fruto del aumento de la actividad física, se reduzca la energía dedicada a otras funciones metabólicas, entre estas, la energía disponible a la inflamación crónica de bajo grado (sí, esa que no somos conscientes pero que deteriora nuestro organismo con el tiempo, como si un ejército de diminutas hormigas desgastase nuestras defensas poco a poco). De hecho, el ejercicio, al modular esta respuesta inflamatoria, contribuye a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, reumáticas e incluso oncológicas5,6. Al disminuir la actividad metabólica no relacionada con la actividad física, el aumento del ejercicio también puede reducir la sobreproducción de hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol, proporcionando beneficios psicológicos que influyen directamente en nuestro bienestar emocional.
Más allá de la idea convencional de que el ejercicio solo sirve para «quemar calorías», su impacto en la salud es mucho más amplio, profundo. Al entender estos mecanismos, podemos apreciar mejor por qué mantenerse activo es clave para una vida más longeva y saludable, pero con una novedad, desde una perspectiva evolutiva. Porque como dijo Theodosius Dobzhansky: «Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución»7.
Referencias
- King, N. A., Hopkins, M., Caudwell, P., Stubbs, R. J. & Blundell, J. E. Beneficial effects of exercise: Shifting the focus from body weight to other markers of health. Br. J. Sports Med. 43, 924–927 (2009).
- Gaesser, G. A. Does physical activity reduce the risk of cardiovascular disease in overweight and obese individuals? Curr. Cardiovasc. Risk Rep. 1, 221–227 (2007).
- Pontzer, H. Constrained Total Energy Expenditure and the Evolutionary Biology of Energy Balance. Exerc. Sport Sci. Rev. 43, 110–116 (2015).
- Pontzer, H. et al. Constrained total energy expenditure and metabolic adaptation to physical activity in adult humans. Curr. Biol. 26, 410–417 (2016).
- Pontzer, H. et al. Hunter-Gatherer Energetics and Human Obesity. PLoS One 7, e40503 (2012).
- Castillo García, A., Morales Rojas, J. S. & Valenzuela Tallón, P. L. El ejercicio, un muro contra el cáncer : hábitos saludables para combatir la enfermedad. (Barcelona : Espasa : Editorial Planeta, 2024).
- Dobzhansky, T. Nothing in Biology Makes Sense except in the Light of Evolution. Am. Biol. Teach. 35, 125–129 (1973).
Artículo finalista del VIII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.

