La tarea pendiente de la feroz potencia asiática

Autora: M. Isabel Merino Díaz.

La sociedad hindú se encuentra encorsetada en una estructura jerárquica muy arcaica, dividida por unas “castas”, lo que en Occidente traduciríamos por “clases sociales”, y son hereditarias. En mi opinión, no es más que la autoimposición de desigualdades sociales basadas en perjuicios culturales y tradicionales, que lo único que hacen es exacerbar las desigualdades ya existentes en el país. Estas castas se agrupan en una pirámide donde colocaríamos en el estrato social más bajo a los “dalits” o intocables, son aquella población excluida a nivel social, alcanzan alrededor de un 16% de la población, lo que se traduce en unas 200 millones de personas (CEMERI, 2023).

Fuente: Elaboración propia según la información de CEMERI, 2023.

Esta casta suele vivir en un escenario bastante distópico: a las afueras de las capitales y marginados de la sociedad, pese a que la Constitución del país prohibió su exclusión en 1950. Se encuentran hacinados a las afueras de las  grandes ciudades, con dificultades de acceso a agua potable, educación, higiene, seguridad, etc.; es aquí donde se encuentran las más elevadas tasas de mortalidad infantil y desnutrición. Estas familias malviven en zonas similares a suburbios y no pueden plantearse escolarizar a sus hijos cuando ni siquiera pueden tener una vivienda digna o condiciones higiénicas básicas. Por consecuencia también se encuentran más expuestos a situaciones conflictivas, de violencia, explotación, trata de personas y violencia sexual (CEMERI, 2023). Este contexto de miseria en el que está sumida esta casta conlleva de forma irresoluble a tener que enfrentarse a mayores obstáculos para obtener bienes básicos: empleo, un hogar digno, etc. Tanto es así que diferentes estudios secundan esta reflexión, señalando que las posibilidades de un “intocable” de obtener un puesto de trabajo remunerado y decente frente a una clase social más elevada es de un patético 0.68% (Aznar, 2015; p. 54). Es casi utópico para un individuo perteneciente a esta casta poder salir de ese escalafón social y ascender en esa cosificante pirámide jerárquica.

La discriminación hacia esta casta se fundamenta en sus orígenes,  siempre se han dedicado a trabajos relacionados con las basuras, o bien son verdugos o curtidores de piel (los animales muertos son considerados impuros por la religión hindú, lo que hace impuros a todos aquellos que están en contacto con animales muertos),  es decir, trabajos “poco dignos” y muy mal vistos por la religión hindú. Se considera que si perteneces a este estrato social es por razones de carácter espiritual y de vidas pasadas: en otra vida hiciste algo malo y se te ha castigado en esta vida formando parte de esta casta (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 56). Y por el simple hecho de pertenecer a esta clase social estos individuos se encuentran discriminados en todos los ámbitos: se les condena a los trabajos más degradantes, se les excluye de una vida social, se les expulsa a las zonas más inhabitables de las zonas urbanas y rurales, etc (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 56).

De nuevo, estos perjuicios y discriminaciones sociales sin base lógica alguna son un fenómeno que no hace más que agravar una situación de desigualdad que la sociedad hindú lleva arrastrando desde hace décadas. Es menester que las instituciones públicas se impliquen en todos los niveles (educativo, cultural, etc) para dar sepultura a estas prácticas discriminatorias que conducen inevitablemente a una situación de extrema pobreza.

Por otro lado, y en relación con el sistema patriarcal y machista tan incrustado en la sociedad india, tenemos un interesante panorama por analizar. Aunque el sistema político y democrático de India se esfuerza por expandir la igualdad y valores propios de una democracia estable y de un Estado de Derecho en términos de género, en la práctica es muy diferente, pues su población no ha desarrollado esos valores al mismo tiempo que su legislación e instituciones. La sociedad india tiene aún mucho camino por recorrer hasta alcanzar una igualdad significativa en la vida familiar y laboral. Las tradiciones de base patriarcal y el mercadeo de las mujeres como si fueran objetos o trofeos siguen practicándose en las familias hindúes: muchos matrimonios aún siguen siendo concertados por las familias (omitiendo el consentimiento de la mujer), y aún persiste la institución de la “dote” pese a su prohibición en 1961 -castigado con pena privativa de libertad y de multa-, a la cual no se han sometido la mayoría de hindúes, pues ésta se sigue empleando en las relaciones matrimoniales de forma habitual (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 25). En 1955 se instauró la figura jurídica del divorcio, un gran avance legislativo que no llegó a los estratos de una sociedad que no era capaz de asimilar tal figura en términos sociales. Empero, el divorcio no es una figura a la que se acojan habitualmente muchas mujeres hindúes (CALCUTA ONDOAN, 2011; p.. 25).  Asimismo, los matrimonios a temprana edad se siguen celebrando; se mantienen los actos medievales de discriminación y abandono de las viudas (debido a la tan pronta celebración de matrimonios con niñas menores, es habitual que el marido fallezca dejando a la niña viuda), especialmente en zonas rurales (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 63). En palabras de la UNESCO, la imagen de la mujer en la sociedad hindú más conservadora y tradicional se asocia a desgracias y cargas, es por ello que se han sucedido numerosos abortos selectivos e infanticidios (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 63).

Todo ello es una reminiscencia de épocas pasadas en que la religión hindú y sus valores capitaneaban cada rincón del país y de la vidas de las familias. La base religiosa hinduísta no aprueba otorgar un papel igualitario a la mujer en relación con el hombre. La igualdad de género colisiona con los mandatos hinduistas, pese a que las instituciones públicas se esmeran en que predomine la igualdad sobre las tradiciones culturales y religiosas basadas en un sistema estrictamente patriarcal (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 57). No sólo esta desigualdad de género se manifiesta de estas formas, sino también a través de la ideología que se respira en la sociedad de la India, pues, acorde a unas encuestas realizadas, el 60% de los encuestados afirmaba defender la idea de que la mujer debía soportar la violencia doméstica a cambio de mantener la unidad familiar (CALCUTA ONDOAN, 2011; p. 25). Por no hablar de el hecho de que las mujeres, por el mero hecho de serlo aún son objeto de discriminación en términos sociales, laborales, salariales, etc., cabría destacar la doble discriminación a la son sometidas las mujeres que, además de ser mujeres, pertenecen a una “casta” inferior como los “dalits” o “intocables”.

Adicionalmente, y en términos de desigualdad por castas, cabe analizar, en aras de dilucidar que situaciones conducen a la presencia de tanta pobreza en parte de la sociedad hindú, quiénes ocupan los altos cargos de grandes empresas en el país. Según diferentes estudios, el 96,2% de los altos cargos están ocupados por individuos pertenecientes a castas de elevado rango social en contraposición con las castas más marginadas que ocupan un ínfimo 3% de estos puestos (Aznar, 2015; p. 55; figura 38), esto es, la pobreza está estrechamente vinculada a la pertenencia a un determinado estrato social. Así lo demuestran más estudios que afirman que el 34% de los  “dalit” son completamente analfabetos, en comparación con un 4% de los “brahmin”, una de las castas de mayor rango social en la India (Aznar, 2015; p. 57; figura 40). Y es que, la educación también se encuentra estrictamente unida a la pobreza; la imposibilidad de acceder a una educación básica, media y superior coarta todas las posibilidades de obtener un empleo digno o ascender en términos sociales y económicos (lo que se conoce como “movilidad social”). Por ello, el analfabetismo es una condena perpetua sobre estos individuos a vivir en estas condiciones.

En la misma línea que lo expuesto anteriormente, también la jerarquización social en castas que sigue proliferando entre los ciudadanos hindúes es un grave óbice para alcanzar la máxima igualdad social posible y reducir la pobreza. Es indiscutible que los estratos sociales más bajos están condenados a sumergirse en la pobreza, y lo peor de esta situación es que las generaciones futuras de estas castas no van a poder liberalizarse de esta condena, pues esta jerarquía social se siente sobre unas bases hereditarias que encadenan a las posteriores generaciones a la pobreza y marginación.

Es irónico que una potencia mundial emergente como es la India con un gran potencial de crecimiento económico que se está aproximando a las principales potencias económicas es incapaz de solventar unas desigualdades y pobreza tan extrema de gran parte de su ciudadanía. Ello nos hace reflexionar acerca de si la prosperidad económica de un país es la misma que la prosperidad económica de la ciudadanía y si la población obtiene beneficio o recompensa del crecimiento económico de su propio Estado al que también ha contribuido con su trabajo.


Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.