Autores: Fernando Martínez Lara y Noelia Velasco Pérez.

Estimado lector o lectora, permítame comenzar este artículo de divulgación científica recordándole que en este texto no encontrará razones por las cuales deba empezar a consumir estupefacientes. Lo que sí que encontrará serán datos e información sobre un compuesto que, aun siendo desconocido por la gran mayoría, está presente en nuestro día a día y fue el elemento clave en mi tesis doctoral.

Estupefacientes (Fuente: Pixabay)

Antes de introducir al protagonista de esta historia, es importante saber que, cuando alguien me pregunta sobre qué va mi tesis no respondo “se centra en la formación de sistemas heterocíclicos a partir de sustratos alquinil funcionalizados con potencial actividad biológica”. Primero, porque la gente se va a quedar pillada sin saber cómo continuar la conversación y, segundo, porque me resulta mucho más fácil decir que trabajo con la mejor droga del mundo. Una vez dicho esto, la gente suele interesarse mucho más por lo que hago, se les nota un brillo especial en los ojos causado, no por efecto de las drogas, sino por las ganas de saber más, de aprender. Y este querido lector o lectora, es el objetivo final de este artículo.

Un último dato antes de comenzar y, sobre todo, para que quede clara la legalidad de los trabajos que se realizan en los laboratorios de química de la Universidad de Burgos. Según la Real Academia Española de la Lengua, el término droga hace referencia a “sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes”.[1] En base a esta definición, todos y todas podemos estar de acuerdo que la palabra droga va mucho más allá de ese polvo blanco que vemos en la televisión. Una vez dicho esto, podemos conocer al protagonista de nuestra historia, el indol.

Indol (izq.) y serotonina (dcha.) (Fuente: creacción propia).

Esta pequeña molécula formada por átomos de carbono, hidrógeno y nitrógeno está presente en un sinfín de compuestos con aplicaciones en sectores que van desde la medicina[2] hasta la fabricaciones de pantallas de ordenador.[3] ¿Me creerías si te dijera que sin el indol no existiría la felicidad? Seguramente no, pero este compuesto químico forma parte de la serotonina, la hormona de la felicidad, y, por tanto, está directamente relacionado con sensaciones como la felicidad, el bienestar y la satisfacción.

En química, el indol forma parte de un grupo denominado anillos aromáticos. Los compuestos pertenecientes a este club reciben el nombre de anillos porque forman compuestos cíclicos, habitualmente con forma de círculo. Por otro lado, se incluyó el término aromático porque muchos de estos compuestos desprendían olores agradables. Dada la importancia que tiene el indol, en 2009 fue bautizado con el título de “El Señor de los Anillos”.[4]

La química no suele causar gran devoción entre los estudiantes y menos aún la química orgánica, que se convierte año tras año en una de las materias con menos fans de la Facultad de Ciencias. A pesar de su mala fama, esta rama de la química es esencial para el descubrimiento de compuestos con beneficios para el ser humano. Este es uno de los objetivos que se persigue en los laboratorios de química orgánica de nuestra universidad. En concreto, durante mi investigación utilicé el indol para construir estructuras mucho más grandes con el objetivo de descubrir compuestos que puedan beneficiar a la sociedad en la que vivimos.

Gracias a las herramientas y medios con los que cuenta nuestra universidad, fuimos capaces de preparar una gran variedad de moléculas de elevado interés, todas ellas están recogidas en mi tesis doctoral.[5] Según me han comentado familiares, amigos y amigas no expertos en química, la lectura de este libro puede ayudar a conciliar el sueño, por lo que me estoy planteando seriamente patentarlo para el tratamiento del insomnio. Prometo mantener informado al lector o lectora sobre los avances que vaya realizando en este campo.

Libro de química orgánica (Fuente: Pixabay)

Otra de las cuestiones que más interés despierta es el modo en que conseguimos pasar de moléculas pequeñas, como el indol, a moléculas mucho más grandes. Durante cientos de años, científicos y científicas de todo el mundo has descubierto reacciones que permiten transformar unos compuestos en otros. Lo más sorprendente, es que en la actualidad se continúa descubriendo nuevas reacciones. Todas estas transformaciones forman parte de lo que podríamos llamar “La Biblia de la Química Orgánica”, un libro que puede ser consultado por todos los investigadores e investigadoras y que está en continua evolución. En realidad, todas estas reacciones pueden encontrarse en una combinación de tomos y bases de datos en línea, el equivalente a la Wikipedia.

Mi profesor de química del instituto solía decirnos que la química orgánica es como cocinar, tú tienes una serie de ingredientes y, siguiendo una serie de pasos incluidos en un receta, podemos obtener una elaboración final. Una vez finalizada mi etapa de formación académica, puedo confirmar que lo que nos decía nuestro profesor era completamente cierto, y es que, si cambias ingredientes por reactivos, receta por reacción química y elaboración final por producto, nos encontramos ante la misma cosa. La principal diferencia entre las reacciones orgánicas y cocinar, es que en el primer caso no conviene comerse lo que se prepara, al menos hasta que esté avalado por la Agencia Española del Medicamento o una institución oficial de confianza.

Comparativa entre cocina y química orgánica (Fuente: creación propia con elementos de Pixabay)

Una vez explicado esto, imagina que tenemos 4 moléculas iniciales: un indol (molécula A) y las moléculas B, C y D (Figura 4). Empleando las reacciones que encontramos en la bibliografía o descubiertas por nosotros mismos, podemos ir formando nuevas moléculas, hasta llegar a la molécula final, que, en la mayoría de los casos, se trata de una combinación de las moléculas iniciales. De esta forma se logra pasar del indol a moléculas mucho más grandes. Al igual que cocinar, no se trata de una tarea fácil y muchas veces la molécula que acabamos preparando no es la que queríamos obtener. Por ese motivo, investigar en la búsqueda de nuevas “recetas” que permitan obtener compuestos químicos de manera rápida, sencilla y económica es uno de los objetivos de muchos químicos orgánicos.

Dicho esto, espero que este texto te haya ayudado a comprender la utilidad de la química orgánica, a conocer el papel clave que juega el indol en nuestras vidas y a romper con la concepción de que todas las drogas son malas.


[1] Real Academia Española: Diccionario de la lengua española, 23ª ed. (consultado el 27/03/2023).

[2] K. V. Sashidhara, M. Kumar, R. Sonkar, B. S. Singh, A. K. Khanna, G. Bhatia, J. Med. Chem. 2012, 55, 2769–2779.

[3] S. Chen, J. Wei, K. Wang, C. Wang, D. Chen, Y. Liu, Y. Wang, J. Mater. Chem. C. 2013, 1, 6594–6602.

[4] M. Bandini, A. Eichholzer, Angew. Chem. Int. Ed. 2009, 48, 9608–9644. 

[5] F. Martínez-Lara, Tesis Doctoral, Universidad de Burgos, 2022