Autor: Miguel Martín Echarri, del Grupo de investigación y formación en español como lengua extranjera de la Universidad de Burgos.
Entre los muchos méritos que se pueden reconocer en la obra máxima de Cervantes, hay uno que tiene especial trascendencia en la historia de uno de los nacimientos de la novela. Lo pongo en plural porque en realidad ha habido varios nacimientos de la novela: parece que cuando se dan determinadas condiciones de sofisticación social o cultural el ser humano vuelve a inventar la novela, y eso explica su aparición en entornos tan distintos como China, la Grecia clásica o la Europa moderna.
En el ámbito europeo, hay un giro esencial que la hizo posible: el momento en que empezó a considerarse aceptable que un texto escrito hablase de cosas inventadas. Este no era el caso de las narraciones artúricas (que de algún modo se consideraban basadas en acontecimientos reales, por más que sea evidente que están llenas de invenciones desaforadas); tampoco es el caso de los mitos clásicos, que se tuvieron por ciertos en su origen y que luego sirvieron de excusa para la invención pero basándose en un criterio que podríamos llamar «arqueológico»; tampoco es el caso de los cuentos y las novelle, que unas veces orientan al lector hacia una lectura crédula y otras se proponen como simples ejemplos morales. Finalmente, tampoco es el caso de la mayoría de las narraciones del Renacimiento: incluso si son originales, incluyen siempre algún dispositivo que garantiza (aunque sea en falso) su verdad: se finge estar reproduciendo un documento ajeno, sean cartas, memorias o fuentes más libres. Parece que este fraude es un paso previo necesario para la aceptación final de la mentira divertida: alguien se hace pasar por Lázaro de Tormes, hace creer a sus receptores que está contando su vida (eso es lo que dice el título de la obra) y les cuela una sarta de patrañas con intención satírica o moral.
Pero el eslabón definitivo es el siguiente: Mateo Alemán firma su libro. El pícaro Guzmán de Alfarache ya no es un fraude, sino un personaje de ficción. A diferencia de Lázaro de Tormes, nadie creyó nunca que fuera él el verdadero autor de sus memorias, porque todo el mundo entendió desde el principio que el libro seguía el modelo del Lazarillo, pero que había sido inventado por Mateo Alemán.
Solo seis años después, el Quijote despliega un complejísimo sistema de recursos narrativos paródicos para justificar su invención. «Paródicos» supone que en última instancia son inverosímiles, y eso que podría parecer un demérito en este caso es lo contrario: su inverosimilitud despierta la risa en algunos momentos, pero inmediatamente después se desvanece mágicamente para continuar con un relato en un equilibrio fantástico entre burla y seriedad, engaño y verdad, puntos de vista e intereses diversos. Es imposible que un autor arábigo antiguo haya escrito la anterior historia heroica del caballero Don Quijote, que se pasea por la España contemporánea; pero esa imposibilidad es la afirmación de Cervantes de que no necesita coartada ninguna para inventar su historia falsa. La contradicción flagrante evidencia que el autor no tiene ninguna intención de engañarnos, sino solo de mentir para generar placer, de mentir para poner de manifiesto los peligros a los que nos enfrentamos con el discurso. Sentimos el placer de comprender cómo nos está engañando. En ese sentido, Cervantes también inventa un lector que tiene que prestar atención (so pena de caer en el ridículo quijotesco) a la posibilidad de que lo que le cuentan sea falso, sin contenido verificable.
Sabemos que Cervantes estaba preocupado por la credulidad de los lectores, y que a eso dedicó su libro: su burla no se limita a los personajes, sino que incluye a cualquiera que alguna vez haya creído sin criterio que lo que representa un texto (o una fotografía, o un vídeo, etc.) corresponde necesariamente con un estado del mundo. Y su manera de combatirlo es una reducción al absurdo: la mentira tiene las piernas muy cortas, y el Quijote es un libro en que esas mentiras están a la vista de todo el mundo.
Muchas veces creemos por pura ingenuidad, y ese es un primer nivel de desenmascaramiento en el libro; pero muchas otras veces creemos por interés: porque la mentira es menos incómoda, o porque nos da la razón para hacer lo que deseamos sin razón. Los personajes del Quijote podrían entrar perfectamente en cualquiera de las dos categorías: ¿cómo asegurar que el tonto Sancho y el loco Quijano no prefieren pasar por tonto y loco para vivir aventuras fantásticas y recorrer el mundo en lugar de permanecer en un lugar tan aburrido como el que se describe?
Es difícil asegurar que este libro fue el primero en el que se cuentan mentiras sin coartada, sin basarse entera y coherentemente en recursos como el manuscrito encontrado, la correspondencia, el testimonio, etc. El propio Guzmán de Alfarache lo hace en 1599. Cervantes puede no ser estrictamente el inventor, pero indudablemente vive en ese momento en que las contradicciones del discurso estaban sobre la mesa, y tiene la valentía y el criterio para realizar un enorme monumento a la mentira, criticándola pero también disfrutándola, mostrando cómo es posible encontrar en ella una fuente de verdades ilimitadas. El Quijote fue la base que justificó la escritura de tantas de las principales novelas de la tradición europea, que ya no necesitan coartadas para la ficción.
Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.


