Autor: Miguel Amores Fuster.
La lista de cosas que la Inteligencia Artificial no es capaz de hacer se va reduciendo cada día. No hace falta ser un experto tecnológico para ser consciente de ello, y ni siquiera hay que estar demasiado atento a las noticias; basta con llevar una existencia social normal: llamadas al servicio técnico atendidas por una máquina; selecciones de noticias, canciones o series que nos recomienda el algoritmo (y generalmente con acierto); filtros de spam que suelen fallar poco… Es la expresión cotidiana de una transformación global que, sin embargo, se aprecia de forma mucho más precisa en las frecuentes predicciones que aparecen sobre el impacto de la IA en el ámbito laboral. Recientemente, por ejemplo, el banco de inversiones Goldman Sachs pronosticó que en los próximos años el 50% de los empleos a escala mundial sufrirían algún tipo de reemplazo por parte de la IA. Y que en la mitad de ellos, en el 25%, las personas serían directamente sustituidas por máquinas. Aunque redujéramos esos porcentajes a la mitad, lo que parece cierto (e incluso inevitable) es que, en el futuro, esta tecnología nos sustituirá en tareas que hoy apenas llegamos a imaginar.
Entre las (literalmente) millones de cosas en las que el ser humano será reemplazado por la IA se cuenta sin duda la producción de textos, en el sentido más amplio de la expresión. Y es que la IA generativa, a través de programas como Chat GPT o Copilot, ha demostrado ser perfectamente capaz de escribir con corrección textos de muy diverso tipo. Más allá del tan publicitado riesgo de fraude académico, esta capacidad de escritura ya alcanza a ámbitos como la justicia (donde se usa para tareas como la anonimización de documentos) o la medicina (donde se le confía incluso la redacción de diagnósticos a partir de datos introducidos).
Como ciudadano, todas estas transformaciones me afectan y me preocupan. Pero como teórico de la literatura, mi inquietud se identifica con un aspecto muy concreto: ¿llegará la IA a ser capaz de escribir textos literarios de forma tan eficiente a como ya los elaborada en otros ámbitos? Para los que amamos la literatura (y por tanto estamos acostumbrados a un ámbito subjetivo, personalista y por lo general refractario a las innovaciones tecnológicas), la posibilidad de que esta se reduzca a la correcta introducción de prompts en un programa de IA generativa se antoja aterradora.
Nuestras investigaciones, que en este momento se encuentran en una fase muy inicial, por ahora se centran, sin embargo, en algo más tangible. Lo que queremos es determinar si la IA puede escribir textos que, con independencia de su calidad, sean plenamente literarios, esto es, sean capaces de manejar una serie de recursos que tradicionalmente se han identificado con la literatura.
Hemos decidido iniciar nuestra investigación a través de la modalidad literaria hegemónica, la narrativa, y en concreto a través de la tipología textual del microrrelato. La razón fue que, pese a ser un género tenido por menor, su brevedad proporcionaba una serie de ventajas operativas frente a otros más extensos, como el cuento o la novela. Y es que un microrrelato permite un análisis integral rápido, puede ser generado sin problemas por el programa de IA y hace posible que se pueda trabajar con una muestra mínimamente grande y representativa.
Nuestra intención era comparar microrrelatos escritos por personas con otros elaborados por programas de IA generativa (Amores y Del Barrio, en prensa). Y, para ello, reunimos dos muestras que fueran lo más análogas posible. Buscamos en Internet cinco concursos de microrrelatos en los que se dieran una serie de pautas claras (por ejemplo, una extensión máxima de 200 palabras y que la acción transcurriera en un hotel) y tomamos el texto ganador, el segundo y el tercero. Por otro lado, introdujimos en forma de prompt esas mismas instrucciones hasta tres veces en el programa Copilot de Microsoft, para obtener otros tantos microrrelatos. De este modo, reunimos una muestra de 30 textos que partían de las mismas pautas, 15 escritos por personas y otros 15 generados por IA.
La quincena de microrrelatos escritos por personas resultó todo lo variada que cabía esperar, dada la gran heterogeneidad propia del género. Pero los 15 relatos escritos por IA presentaban una serie de características comunes que no solo los relacionaban entre sí, sino que en su mayoría estaban ausentes de los microrrelatos humanos. Algunos de estos rasgos fueron el predominio de las oraciones simples, el uso exclusivo de narradores omniscientes, la repetición de estructuras sintácticas, la falta de complejidad de los sentimientos humanos, la explicitud autoevidente de lo relatado, la previsibilidad de las tramas… La sensación general era que se trataba de textos planos, sin alma, que se limitaban a referir contenidos ignorando las posibilidades que convierten la literatura en algo importante y valioso.
La investigación descrita es solo un primer paso, y ya estamos elaborando otras que explorarán cuestiones relacionadas, como la posibilidad de que la IA pueda ir asumiendo rasgos de la escritura literaria través de la sucesión de instrucciones precisas en forma de prompts. Sin embargo, los resultados obtenidos hasta ahora permiten establecer cuanto menos una hipótesis de trabajo provisional. Y esta sería que la principal razón por la que la IA generativa presenta una gran dificultad para incorporar rasgos propios de la escritura literaria (y, con ello, para elaborar microrrelatos mínimamente buenos) es la enorme dificultad que demuestra para capturar dicha escritura en esquemas de patrones. Es decir, la magia de la IA generativa, el hecho de que pueda crear textos válidos y de notable extensión con tan solo introducir un puñado de instrucciones, se explica por un inmenso cálculo de probabilidades basado en elementos preexistentes. Cuando, por ejemplo, se introduce un prompt del tipo “escribe un microrrelato de 200 palabras ambientado en un hotel”, lo que hace el programa, que posee una reserva de miles de millones de textos convenientemente reducidos a parámetros más o menos complejos, es tratar de dar una respuesta nueva a dichas instrucciones, pero siempre en función de tales parámetros textuales previos. Observará los microrrelatos que tiene en su base de datos, reconocerá en ellos una determinada arquitectura de parámetros y creará una respuesta original en función de ellos. El resultado, por tanto, será un texto nuevo, pero generado en función de un esquema de patrones viejo.
Ahora bien, la clave estaría en saber si, más allá de sus discretos resultados actuales, la IA llegará a ser capaz de crear textos literarios semejantes a los escritos por personas. Y nuestra opinión es que, mientras se mantenga esa tecnología consistente en crear textos originales en función de esquemas de patrones preexistentes, dicha tarea será imposible. Habría dos causas estructurales.
La primera, que la novedad, o incluso la originalidad radical, es, al menos desde el Romanticismo, uno de los criterios fundamentales que determinan el valor literario. Una obra no solo tiene que ser buena, sino que además tiene que ser de alguna manera novedosa (en su tema, enfoque, forma expresiva…). Todas las grandes obras de la literatura se caracterizan no solo por lo que podríamos llamar calidad intrínseca, sino también porque han abierto nuevos caminos que han ampliado las potencialidades generales de lo literario. Y, en este momento, la IA, por su propia lógica de funcionamiento, es incompatible con esa capacidad de novedad.
La segunda razón, muy relacionada con la primera, se refiere a la dificultad extrema, cuando no directamente la imposibilidad, de reducir la escritura literaria a una arquitectura de patrones. Se trata de algo que nos dicta el sentido común, y que ha podido comprobar cualquiera que haya intentado escribir un texto literario. Sin embargo, aquí nos remitimos a una investigación anterior (Amores, 2018) en la que, en muy apretada síntesis, se sostenía que la singularidad estructural que afecta a la ficción literaria, y que la diferencia del resto de escrituras posibles, es la virtual infinitud de su potencial expresivo. La ficción literaria no tiene ninguna obligación insoslayable de correspondencia con la realidad, y por tanto no hay ninguna regla que deba cumplir obligatoriamente, ni en cuanto a forma ni en cuanto a contenido. Los textos factuales, sin embargo, deben guardar una cierta correspondencia con lo real en virtud de unas normas más o menos rígidas. Dicho de otro modo: los textos literarios, potencialmente, pueden hablar de lo que quieran y como quieran, mientras que el resto de textos están limitados en mayor o menor medida en su enunciación. Y esta infinitud expresiva hace muy difícil que la literatura pueda ser reducida a patrones expresivos, más allá de aspectos epidérmicos.
A modo de conclusión querríamos reiterar que nuestras investigaciones se encuentran en un estado embrionario, y que, además, la velocidad a la que avanza la IA amenaza nuestras conclusiones (provisionales) con una obsolescencia aún más acelerada. Y, sin embargo, después de todo lo expuesto, creemos poder afirmar, al menos por ahora, que quizá la Inteligencia Artificial llegue algún día a dominar el mundo, pero que difícilmente será capaz de escribir nunca un (buen) microrrelato.
Bibliografía
- Amores, Miguel (2018). Ficción. Anatomía de un potencial infinito. Madrid: Visor.
- Amores, Miguel y Del Barrio, Estefanía (en prensa). “Apuntes sobre la diferencia entre la ficción literaria escrita por humanos y la creada por IA generativa. Una aproximación de tipo empírico”. En Oscilaciones entre ficciones y hechos: transmedialidad e hibridaciones mediáticas. Berna: Peter Lang.
Este artículo ha participado en el VII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.


