“Existe un principio bueno que creó el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que creó el caos, la oscuridad y la mujer”

Pitágoras (582-507 ane)

Autor: Aránzazu Fonfría Solabarrieta

Durante siglos prácticamente en todas las sociedades, las jerarquías dominantes, civiles o religiosas, no han puesto en duda el papel subordinado de la mujer. Esta discriminación se ha desarrollado bajo el amparo de las leyes vigentes, y casi siempre bajo la justificación de las “costumbres sociales”, alentadas por las distintas sociedades patriarcales. Lo que actualmente valoramos como atentados contra los derechos de las mujeres, históricamente, no han sido considerados como tales pues no se podía vulnerar el derecho de alguien que “no tenía derechos” precisamente por el hecho de ser mujer.

En este contexto de discriminación, el acceso de las mujeres a la educación fue prácticamente imposible, restringido a mujeres que gozaban de privilegios por su situación socioeconómica y algunas otras que lo lograron al hacerse pasar por varones. Incluso en algunos lugares estuvo expresamente prohibida la admisión de mujeres en centros de educación superior, como en la Universidad de Bolonia, Italia, donde en un decreto de 1377 se establecía lo siguiente:

“Ya que la mujer es la razón primera del pecado, el arma del demonio, la causa de la expulsión del hombre del paraíso y de la destrucción de la antigua ley, y ya que en consecuencia hay que evitar todo comercio con ella, defendemos y prohibimos expresamente que cualquiera se permita introducir una mujer, cualquiera que ella sea, aunque sea la más honesta, en esta universidad ”.

A Rosalind Franklin, Hipatia de Alejandría, Sofía Kovalewskaia, Ada Lovelace o Dorothy Crawford Hodgkin y tantas otras, se les hubiera negado la entrada al Real Colegio de España en Bolonia (Italia), precursor de la afamada universidad, una institución privada que ofrece anualmente becas a “brillantes universitarios españoles” para sus estudios de doctorado y que entre sus requisitos, necesarios para acceder, aún hoy en día, se encuentra el de ser varón.

Pese a que los ámbitos de la ciencia y la técnica, como tantos otros, permanecieron durante siglos reservados a los hombres, por prejuicios  e imposiciones de género han existido mujeres que han logrado saltar esa barrera y sin embargo la información es escasa; a lo largo de la historia, el papel de muchas científicas ha pasado casi desapercibido pues han sido deliberadamente eliminadas o simplemente ignoradas.

Vaya desde aquí nuestro recuerdo a todas esas mujeres que hicieron aportaciones relevantes y fueron borradas de los anales de la ciencia o sus contribuciones les fueron arrebatadas.

CIENTÍFICAS PREMIADAS CON UN NOBEL

Desde 1903 las cosas no han cambiado mucho: de los 590 científicos galardonados, solo 45 son mujeres. Entre las ganadoras del Premio Nobel, la primera fue Maria Salomea Skłodowska conocida como Marie Curie, pionera en el campo de la radiactividad y la primera persona en recibir el premio Nobel dos veces, el de Física, en 1903, junto con su marido y el de Química ocho años después, en 1911. Su hija Irene Joliot-Curie

ganó el de Química en 1935. Quince mujeres han recibido el Premio Nobel de la Paz, trece el de Literatura, diez el de Medicina o Fisiología, cuatro el de Química, dos el de Física y solo una mujer el de Economía. El año 2009 es el año en el que más mujeres han recibido este galardón con cinco mujeres premiadas.

Estas mujeres hicieron grandiosos descubrimientos, pero quedaron en la sombra, sus logros fueron atribuidos a sus colegas masculinos o se les negó el Nobel.

MUJERES CIENTÍFICAS CUYO MÉRITO SE LLEVARON LOS HOMBRES: EL «EFECTO MATILDA»

En 1993, una historiadora especializada en el mundo de la ciencia, llamada Margaret W. Rossiter, puso de manifiesto la gran diferencia tanto salarial como de reputación que existe en el ámbito científico entre hombres y mujeres.

Ese olvido continuado que han sufrido las contribuciones de las científicas e investigadoras se conoce como ‘efecto Matilda’ en honor a Matilda J. Gage, sufragista neoyorkina de finales del siglo XIX que identificó y denunció la invisibilización de las mujeres y sus méritos en diferentes ámbitos.

En la historia abundan estos casos de mujeres que han sido flagrantemente ninguneadas, han tenido que luchar contra el sexismo o trabajar en condiciones miserables para que al final, después de tanto esfuerzo, sus descubrimientos fueran atribuidos a sus colegas masculinos ¡e incluso a sus maridos!

La genetista estadounidense Nettie Stevens (1861-1912) descubridora de los cromosomas que determinan el sexo, publicó su trabajo al mismo tiempo que su prestigioso colega Edmund B.Wilson y es fácil saber quién se llevó la gloria. Wilson reconoció en la revista «Science» que sus conclusiones coincidían con las de su compañera, por lo que claramente conocía el estudio, pero durante mucho tiempo fue él quien apareció como el auténtico descubridor.

Uno de los casos más sangrantes fue el de Rosalind Franklin (1920-1958) a la que sus colegas se referían como “esa feminista mal vestida”. Rosalind descubrió la estructura de la vida, que el ADN se configura en una doble hélice. James Watson y Francis Crick le robaron su trabajo, incluida la primera foto de esa doble hélice que vieron sin su permiso, e hicieron suyos sus descubrimientos. En el artículo de «Nature» en el que publicaban sus hallazgos, Franklin aparece citada en el último párrafo, en el que le agradecen sus resultados experimentales no publicados e ideas, como si fuera una especie de «becaria». Años después, en el libro «La doble hélice», Watson se refirió a ella diciendo que el mejor lugar para una feminista era el laboratorio de otra persona.

Rosalind Franklin

Lise Meitner, «madre» de la fisión nuclear no compartió el Nobel de Química con su com- pañero de laboratorio Otto Hahn por razones difíciles de entender. Y encima Hahn ni siquiera la mencionó cuando recogió el premio en 1947 a pesar de sus 30 años de colaboración.

La estadounidense Isabella Helen Lugski (1921- 2017), más conocida como Isabella Karle, su apellido de casada, desarrolló una serie de técnicas para determinar la estructura tridimensional de las moléculas por cristalografía de rayos X, pero el Premio Nobel de Química de 1985 se lo dieron a su esposo, el también químico Jerome Karle, y a su colaborador, Herbert A. Hauptman.

Jocelyn Bell Burnell (1943) mientras hacía su tesis doctoral en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) y tras analizar una ingente cantidad de datos obtenidos por un radiotelescopio que ella misma ayudó a construir, dió con las señales de estos cadáveres estelares que giran sobre sí mismos a gran velocidad. Sin embargo, el premio Nobel por ese descubrimiento se lo dieron al supervisor de su tesis, Anthony Hewish y a Martin Ryle, también astrónomo en Cambridge.

Chien-Shiung Wu (1912-1977), también conocida como la «Marie Curie china» o «Madame Wu» es una de los grandes físicos experimentales del siglo XX, lo cual es todo un logro si se tiene en cuenta que nació en un pequeño pueblo cerca de Shangai en una época en la que las niñas no iban a la escuela y todavía se les vendaban los pies. Gracias al apoyo de su familia, Wu no solo estudió, sino que alcanzó los niveles académicos más altos. Reclutada en la Universidad de Columbia en la década de 1940 como parte del Proyecto Manhattan, realizó investigaciones sobre la detección de la radiación y el enriquecimiento del uranio. Refutó la ley física de conservación de la paridad junto a sus colegas Tsung- Dao Lee y Chen Ning Yang, estudio que mereció el Nobel en 1957. Pero una vez más la Academia premió a los varones y olvidó a la mujer.

Ellas son algunas de esas «Matildas» a las que todavía hay que hacer justicia.

Chien-Shiung Wu