Autores: Paula Antón Maraña, Julieta Díez Hernández, Adrián Moreno Molina.
Los pueblos castellanos, no explotan, no arden, no se derrumban. Simplemente se vacían. El mapa sigue mostrando el nombre del municipio, pero ¿qué es un nombre si nadie lo nombra? Si en el bosque un árbol cae sin que haya nadie para oírlo, ¿ha hecho realmente ruido? Si un pueblo se silencia ¿sigue realmente vivo?
La despoblación rural no es solo un fenómeno demográfico; es también una pérdida de memoria colectiva. Muchos municipios de la España interior sobreviven en una especie de resistencia silenciosa, intentando encontrar razones para seguir siendo un territorio y no únicamente un recuerdo.
En ese intento por permanecer enganchados al respirador, algunos pueblos han tratado de armarse de las herramientas más humanas, con cultura. Festivales y ferias se han convertido en nuevas formas de atraer visitantes, reconstruir comunidad y reclamar un espacio en el imaginario colectivo. Durante unos días, parajes que pasan desapercibidos el resto del año vuelven a aparecer en redes sociales, titulares y conversaciones.
La música devuelve así la voz a estos no-lugares. No obstante, el efecto que la proliferación de estos eventos tiene sobre el propio territorio, así como su gestión y su desarrollo plantea cuestiones incómodas ¿puede una fiesta salvar un pueblo? Y, sobre todo, ¿a qué coste?
Un estudio publicado recientemente en la revista Management Decision aborda esta problemática, definiendo qué costes deben ser imputados, y qué voces deben ser escuchadas. El estudio, refleja el desarrollo y la aplicación de una metodología que aúna distintos métodos, agentes e interpretaciones.
Cuando la cultura también deja huella
Los festivales de música se han convertido en una de las industrias culturales más dinámicas de las últimas décadas. Cada verano, miles de personas se desplazan para asistir a eventos que concentran artistas, turismo y consumo, generando grandes impactos económicos para sus promotores y aportando, además, un soplo de aire que a menudo resulta vital al tercer sector del territorio anfitrión.
Pero ese éxito tiene una cara menos visible. Los festivales, en su versión más macro, suelen implicar desplazamientos, elevado consumo energético, toneladas de residuos y una presión significativa sobre el territorio que los acoge. Su impacto ambiental puede ser considerable, especialmente cuando el crecimiento del evento se convierte en un objetivo en sí mismo. El periodista musical Nando Cruz los describía en su libro Macrofestivales (2023) como un agujero negro que se acaba por tragar la cultura local, con devastadoras consecuencias no solo ambientales, sino sociales, laborales e incluso psicológicas para todo aquel que esté en contacto (directo o indirecto) con su ejecución.
Este panorama invita a replantear el concepto mismo de sostenibilidad, cuya sobreutilización mina su significado. En el contexto de los eventos, la sostenibilidad se asocia únicamente al uso de vasos reutilizables, al consumo de agua o a campañas de sensibilización. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. ¿Cómo saber si a un territorio le compensa celebrar un festival? ¿Cómo enfrentar la alargada sombra de los impactos negativos, y desde qué prisma entender su relativa magnitud?
El estudio que nos concierne se desarrolla en Hacinas, municipio situado en la provincia de Burgos que cuenta con 150 habitantes. Como tantos pueblos de la España interior, Hacinas convive con el envejecimiento poblacional y la emigración. Sin embargo, cada verano miles de personas regresan a pasar unas semanas al que fue hogar para sus antepasados.
Desde 2023, el municipio celebra el AlpakaFest, un festival de música y cultura sin ánimo de lucro, organizado por voluntarios, que nace como una iniciativa impulsada por quienes crecieron allí y quieren devolver algo al pueblo.
Durante dos días de agosto, las calles cambian de ritmo. Llegan visitantes, se llenan las casas y la plaza vuelve a convertirse en un espacio de encuentro. Pero desde 2025, el AlpakaFest no es solo un festival. También es un caldo de cultivo para un experimento científico que busca responder a la cuestión: ¿cómo medir de forma objetiva si un festival realmente beneficia a un territorio?
Más allá del dinero. La trampa de medir solo el impacto económico.
Cuando se estudia la posible financiación de un evento, todo se reduce a su impacto económico. Cuántas personas llegaron. Cuánto gastaron. Cuánto ingresaron hoteles, bares y comercios. Es una medida útil, pero también limitada. Valorar un festival únicamente por el dinero que mueve es parecido a juzgar una película solo por la recaudación en taquilla: indica cuánto vende, pero no qué deja. Porque un festival también transforma relaciones sociales, modifica la percepción de un territorio y genera efectos ambientales que rara vez aparecen en los balances.
Con esa idea, se desarrolló una herramienta diferente, el Índice de Sostenibilidad de Eventos (ESI, en inglés) que englobase distintas medidas en un indicador monetizado y multiperspectiva capaz de reportar un impacto más auténtico.
Una herramienta para medir lo que normalmente no se ve.
El modelo se inspira en dos enfoques ampliamente utilizados en sostenibilidad. Por un lado, el concepto de Triple balance (Elkington, 1998) sostiene que ninguna organización debería evaluarse solo por sus beneficios económicos, sino también por sus efectos sociales y ambientales. Por otro, la teoría de Creación de Valor Compartido (Porter & Kramer, 2006) plantea que las organizaciones pueden generar valor económico mientras contribuyen positivamente a la sociedad.

Aplicado a un festival rural, esto implica entender que una fiesta no es solo un gasto o una oportunidad turística, sino un sistema complejo de relaciones.
La aplicación de la metodología aportó resultados analíticos: el 91% de los asistentes acudió a Hacinas exclusivamente por el festival, generando un impacto económico superior a 350.000€ sumando gastos directos, indirectos e inducidos. Para un municipio pequeño, esto supone una importante inyección económica.
En el plano sociocultural, los vecinos valoraron muy positivamente el festival: estarían dispuestos a contribuir económicamente para mantenerlo y destacan su efecto sobre la reputación, el atractivo turístico y la vida cultural del pueblo.
En el ámbito ambiental, el AlpakaFest generó unas 414 toneladas de CO₂ equivalente, de las cuales el 97% procedía del transporte de asistentes. Esto evidencia la necesidad de considerar el ciclo de vida total del evento y no solo su celebración.
La magia del ESI radica en cómo combina estos tres pilares en un único número, a través de la siguiente formula.

Los coeficientes α, β y γ no los decide el investigador desde su despacho, los deciden los propios vecinos. A través de encuestas basadas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, los residentes indicaron qué les preocupa más para el futuro de su territorio. Así, a través de un complejo sistema que evita las compensaciones se consensuó un 35% para la relevancia del impacto económico, un 34% para el sociocultural, y un 31% para el ambiental.
Con estos pesos, el ESI del AlpakaFest 2025 fue de 189.035€. El valor neto que el festival creó para su entorno, ya descontados los costes ambientales. Entonces, ¿pueden los impactos ambientales compensarse con beneficios económicos y sociales? ¿Puede el orgullo de un pueblo o la facturación de un bar justificar emitir cientos de toneladas de CO₂?
El estudio abre el debate. Hay quien argumenta que el desarrollo humano tiene un coste ambiental inevitable, si el resultado es positivo, compensa el detrimento ambiental, al igual que en una escuela o un hospital. Desde esta óptica, el ESI actúa como un semáforo indicando cuándo el festival «vale la pena» en términos globales.
Sin embargo, no debemos olvidar que el medioambiente no negocia. La naturaleza no acepta compensaciones monetarias cual a acreedor. La academia defiende que ciertos límites ecológicos son infranqueables y deben ser entendidos como condición previa para que puedan darse beneficios socioeconómicos.
El estudio, crítico con este tema, concluye reportando los indicadores por separado, biofísicos y monetizados, para no ocultar la realidad ambiental detrás de un agregado. El ESI no pretende blanquear la explotación territorial en aras de beneficios económicos, si no dotar de herramientas a las partes involucradas, visibilizando las compensaciones (trade-offs) detrás de toda iniciativa. ¿Reduciríamos las emisiones de transporte a costa de atraer menos público y menos dinero al pueblo? El ESI permite cuantificar exactamente ese dilema y devolver la agencia a los propios afectados para que organizadores, vecinos y políticos tomen decisiones informadas.
Un termómetro para la España vaciada.
Más allá del debate desarrollista, el valor práctico del ESI es significativo. Ofrece una metodología replicable que permite comparar, mejorar y justificar decisiones (basada en el ciclo Planificar-Hacer-Comprobar-Actuar). Cada edición del festival puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje ya que los datos obtenidos en un año sirven para rediseñar el siguiente. Así, el festival se convierte en una herramienta de gestión territorial al servicio de quien lo habita.
La despoblación no se combate únicamente con carreteras o conectividad digital. También, generando motivos para volver, brindando al territorio un sistema de gobernanza colectiva que permita a residentes contribuir al desarrollo y ser los actores de su propio destino.
Referencias
Cruz, N. (2023). Macrofestivales: El agujero negro de la música. Ediciones Península.
Díez-Hernández, J., Antón-Maraña, P., & Moreno-Molina, A. (2026), “Co-creating value: the events sustainability index for a rural case”, Management Decision, pp. 1-24, doi: 10.1108/MD-09-2025-2928
Elkington, J. (1998), “Partnerships from cannibals with forks: the triple bottom line of 21st-century business”, Environmental Quality Management, Vol. 8 No. 1, pp. 37-51, doi: 10.1002/ tqem.3310080106.
Porter, M.E. and Kramer, M.R. (2006), “Strategy and society: the link between competitive advantage and corporate social responsibility”, Harvard Business Review, Vols 1-14 No. 5, doi: 10.1108/ sd.2007.05623ead.006.
Artículo participante del IX Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.


