¿CÓMO PODEMOS ACERCARNOS AL ESTUDIO DE LAS ENFERMEDADES, LOS CONOCIMIENTOS MÉDICOS Y A LOS REMEDIOS QUE UTILIZARON LOS HOMBRES DE LA PREHISTORIA?

La respuesta nos llega a través de una rama de la medicina llamada PALEOPATOLOGÍA (compuesta de la palabra griega “paleo” que significa viejo y “patos” que significa sufrimiento). La Paleopatología estudia las enfermedades que padecieron nuestros antepasados, individuos y poblaciones. Es algo así como una epidemiología histórica.

Trata sobre el estudio de los rastros de enfermedades antes de la historia escrita, es decir, el estudio de restos arqueológicos, fósiles, momias o restos humanos, y por tanto, es una especialidad que integra conocimientos de historia, de antropología y de medicina, entre otros.

En todas las civilizaciones y culturas el hombre ha elaborado diferentes conceptos sobre la salud y las formas de prevenir o curar la enfermedad, eliminar el dolor, promover la salud y cuidar la vida. Ha sido evidente que la eficacia de las recomendaciones en ocasiones se basaba casi exclusivamente en lo que se ha llamado fe de los enfermos, ya sea en el sanador o en  los remedios que éste recomendaba. La salud y la enfermedad han estado unidas a teorías mitológicas y rituales mágico-religiosos en la gran mayoría de las culturas.

En un texto clásico,  el  antropólogo  francés Claude  Lévi-Strauss,  hablando   de   las   prácticas curativas de las sociedades tradicionales, refiere que “…la eficacia de la magia implica la creencia en la magia y que ésta se presenta en tres aspectos complementarios: en primer lugar, la creencia del hechicero en la eficacia de sus técnicas; luego, la del enfermo en el poder del hechicero mismo; finalmente, la confianza y las exigencias de la opinión colectiva, que forman a cada instante una especie de campo de gravitación en cuyo seno se definen y se sitúan las relaciones entre el grupo y aquellos que él hechiza”.

¿QUÉ NOS CUENTA EL ESTUDIO DE LOS RESTOS FÓSILES?

Nos hablan de su esperanza de vida. Las evidencias paleontológicas muestran que durante el Paleolítico, nuestros ancestros cazadores recolectores vivían en grupos pequeños de 10–30 personas y pasaban  la  mayor parte  de la vida migrando de un lugar a otro en busca   de animales para cazar o frutas y plantas para recoger. Debido a un estilo de vida físicamente exigente, sólo los más fuertes y hábiles sobrevivían a la infancia y la mayoría moría entre los 30 y los 35 años, aunque algunos lograban sobrevivir hasta los 45 años. Debido a la dura lucha contra el medio, las condiciones físicas de estos “ancianos” debían ser verdaderamente penosas. Hay evidencias en las tumbas y pinturas paleolíticas de que la mutua ayuda, bien evidente en las especies animales, tuvo que existir en los primeros hombres.

Sabemos además, que los procesos traumáticos eran frecuentes y nos descubren las patologías encontradas en restos de seres humanos datados en el Neolítico, entre las que se incluyen anomalías congénitas y enfermedades endocrinas como la acondroplasia, el gigantismo, la acromegalia o la gota. En el Homo sapiens neanderthalensis se  han  descubierto  signos de artritis y otras afecciones osteomusculares, tumores y malformaciones.

También en restos óseos del Neolítico se han encontrado las primeras evidencias de enfermedades infecciosas como la tuberculosis hallada en los restos pertenecientes a un adulto joven y datados en 5000 años antes de nuestra era.

En todo el Neolítico europeo se encuentran cráneos trepanados. Descartada la hipótesis de que fueran causadas por lesiones traumáticas, anomalías o artefactos, ha persistido  la  duda de si se trataba de un procedimiento terapéutico, o de una operación por creencias en lo sobrenatural o en la magia, para  dar salida  a los malos espíritus. La esperanza de encontrar una respuesta observando tribus actuales que practican el procedimiento, confirma que lo llevan a cabo por una u otra razón.

El hombre prehistórico seguramente tuvo la necesidad de extraer muchas veces cuerpos extraños, insectos, púas o pinchos clavados accidentalmente en su cuerpo, inmovilizar una fractura y embadurnarse con barro para resistir la acción de los insectos o del calor del sol.  La mujer prehistórica, tuvo que cortar el cordón umbilical con los dientes o con una piedra afilada, y alimentar a sus crías, a las que durante largas horas se dedicaría a espulgar como lo hacen los monos con su prole.

Cualquier animal cuando se siente enfermo, busca alguna planta que utiliza como purgante  o lenitivo. El hombre prehistórico tuvo que hacer algo parecido, con la diferencia de que su cerebro, mejor dotado, pronto le enseñó a distinguir la utilidad de aquellas plantas, aumentando cada vez más su arsenal terapéutico.

Los monos superiores cubren con ramas los cadáveres de los monos muertos. También pudo ser, al principio, instintivo en el hombre primitivo esconder los cadáveres de sus muertos.

CUIDAR ENFERMOS ES ALGO TAN ANTIGUO COMO LA HUMANIDAD

Gracias al trabajo científico en las excavaciones realizadas en la Sima de los Huesos de Ata- puerca, hemos aprendido algo sobre el origen del amor y la solidaridad. Entre otros muchos hallazgos, allí se encontró en 2001 un cráneo deforme. Tras su estudio, los científicos determinaron que se trataba del cráneo de una niña que pudo morir a la edad de 12 años, y la llamaron Benjamina (en hebreo significa “la más querida”).

Tenía una deformidad craneal y facial por una fusión prematura de los  huesos  y,  además, un probable retraso psicomotor. Era diferente, tanto que su grupo de cazadores recolectores le tuvo que haber prestado cuidados especiales o de lo contrario, no habría sobrevivido. Su condición patológica según dicen los expertos no fue un impedimento para recibir la misma atención que cualquier otro niño del género Homo del Pleistoceno Medio.

Otro caso significativo es el de “Miguelón”, que sufrió un gran golpe que le ocasionó una infección dental, la cual acabó con su vida por septicemia, pero antes de ello lo cuidaron como demuestran sus restos óseos, dado que el hueso afectado tuvo tiempo de cicatrizar. También es célebre el Elvis burgalés de hace 400.000 años del que se encontró la pelvis completa con graves anomalías. Con una altura de 1.75 y un peso de 95 kg, necesitaba un fuerte bastón para erguirse y poder caminar con gran dificultad y la ayuda del grupo para sobrevivir.

Está claro que la capacidad de despegarnos de nuestra naturaleza egoísta y ocuparnos de los demás, de los más débiles con empatía, existe, por lo menos, desde hace 530.000 años.

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