Autoras: Julia Muñoz-Guarinos y Rebeca García-González (Laboratorio de Evolución Humana, Universidad de Burgos).

¿Cuándo tuvo su primera menstruación una adolescente que vivió hace siglos?

¿Cuándo empieza realmente la vida adulta? Para millones de mujeres, la respuesta pasa por un momento tan íntimo como decisivo: la primera menstruación, conocida como menarquia. Hoy podemos recordarlo, anotarlo en un calendario o contarlo en una consulta médica. Pero ¿qué ocurre cuando miramos hacia el pasado, a sociedades que no dejaron registros personales y donde la voz de las mujeres rara vez quedó escrita? ¿Es posible saber cuándo una adolescente de hace siglos alcanzó la madurez reproductiva?

Para amplios sectores de la población del pasado (especialmente en contextos prehistóricos o entre grupos sin acceso a la escritura) la biología es la única fuente directa de información. Y la biología humana guarda memoria de los grandes cambios vitales. Algunos de ellos quedan registrados de forma sutil y silenciosa en un lugar inesperado: el interior de los huesos. Durante décadas, la arqueología y la antropología física han intentado reconstruir cómo crecían y maduraban las personas en el pasado a partir de sus restos esqueléticos. Saber cuándo una niña alcanzaba la madurez reproductiva no es una simple curiosidad académica. Es una información clave para comprender la salud, la nutrición, la fertilidad y las condiciones de vida de las poblaciones antiguas, así como las desigualdades biológicas y sociales entre mujeres y hombres a lo largo de la historia. La edad a la que se alcanza la madurez reproductiva condiciona la duración de la vida fértil, el riesgo de embarazo temprano y la vulnerabilidad frente a la enfermedad y el estrés fisiológico.

La menarquia: una frontera biológica y social

La menarquia marca el inicio de la capacidad reproductiva femenina y es uno de los hitos más importantes del desarrollo humano. En las poblaciones actuales sabemos que su edad de aparición está influida por múltiples factores: la genética, la nutrición, el estado de salud durante la infancia, la actividad física y el contexto social. Una menarquia temprana o tardía puede tener consecuencias a largo plazo sobre la salud ósea, el metabolismo y el riesgo de enfermedades cardiovasculares o endocrinas.

Pero la menarquia no es solo un evento biológico. En muchas sociedades, pasadas y presentes, marca también una frontera social. Supone un cambio en el rol de la niña dentro del grupo, en sus expectativas vitales y, en algunos contextos, en su exposición al matrimonio y a la maternidad temprana. Por ello, conocer cuándo se producía este momento en el pasado es esencial para entender no solo la biología, sino también la organización social y las experiencias vitales de las mujeres.

El silencio del registro arqueológico

Tradicionalmente, los investigadores han utilizado indicadores indirectos para aproximarse al desarrollo puberal, como la erupción y el desarrollo dental o la fusión de determinadas partes del esqueleto. Estos indicadores permiten situar a los individuos dentro de grandes fases del crecimiento, pero presentan una limitación fundamental cuando se trata de estudiar la menarquia: describen procesos generales de maduración, no un acontecimiento fisiológico concreto.

La menarquia no coincide necesariamente con un único marcador esquelético ni puede reducirse a una edad fija o a un estadio de desarrollo universal. Su aparición está modulada por múltiples factores (biológicos, ambientales y sociales) y puede producirse en momentos distintos incluso entre adolescentes con trayectorias de crecimiento aparentemente similares. Esta variabilidad dificulta su identificación directa a partir de los indicadores tradicionalmente empleados en bioarqueología.

Durante mucho tiempo se asumió, por ello, que la menarquia no podía rastrearse en el esqueleto. Al no dejar una señal anatómica específica y fácilmente reconocible, parecía condenada a permanecer fuera del alcance de la investigación arqueológica. Sin embargo, esta idea parte de una concepción demasiado estática del hueso, entendido únicamente como una estructura pasiva, y no como el tejido dinámico y sensible a los cambios hormonales que realmente es.

El hueso como archivo biológico

El hueso no es un material rígido e inerte. Es un tejido vivo que se forma, se reabsorbe y se reorganiza continuamente a lo largo de la vida. Durante la infancia y la adolescencia, los huesos no solo crecen en longitud, sino también en grosor y en estructura interna, adaptándose a las demandas mecánicas y a los cambios hormonales.

En este proceso intervienen dos superficies clave. Por un lado, la superficie externa del hueso, donde se deposita nuevo tejido y el hueso se expande. Por otro, la superficie interna, que delimita el canal medular y donde el tejido óseo puede reabsorberse o, en determinados momentos, depositarse de nuevo. El equilibrio entre ambos procesos determina la forma y la resistencia del hueso adulto.

La clave es que este equilibrio no es igual en niños y niñas. Durante la adolescencia, las hormonas sexuales desempeñan un papel fundamental en la reorganización del esqueleto, y sus efectos son diferentes en hombres y mujeres. En las chicas, el aumento de estrógenos asociado a la adolescencia modifica de forma sustancial la dinámica del crecimiento óseo. Diversos estudios clínicos han mostrado que, tras la menarquia, el hueso tiende a reforzarse “desde dentro”, reduciendo el espacio interno del canal medular y aumentando la proporción de hueso compacto. Este proceso contribuye a la adquisición de masa ósea y es clave para alcanzar el pico de masa ósea en la adolescencia tardía.

Este fenómeno, conocido como contracción medular, no implica que el hueso deje de crecer, sino que cambia la forma en que lo hace. En lugar de expandirse principalmente hacia el exterior, una parte del refuerzo se produce en el interior. Se trata de un proceso sutil, dependiente del momento del desarrollo y de la región del esqueleto analizada. Y precisamente por su sutileza, este tipo de cambios habían pasado desapercibidos en muchos estudios arqueológicos previos, centrados sobre todo en medidas externas del hueso o en muestras que no distinguían claramente entre sexos o fases de maduración.

Sí, podemos rastrear la primera menstruación en el pasado

En nuestro estudio exploramos cómo cambia la estructura interna de los huesos durante la adolescencia y si esos cambios difieren entre chicas y chicos medievales. Para ello utilizamos tomografía computarizada (TAC), una técnica que permite observar el interior del hueso sin dañarlo, algo esencial cuando se trabaja con material arqueológico. Nos centramos en el fémur, el hueso más largo y robusto del cuerpo humano, analizando distintas regiones con funciones biomecánicas diferentes.

Los resultados muestran que, durante la adolescencia tardía, las chicas presentan cambios específicos en la estructura interna del hueso compatibles con un refuerzo “desde dentro”, es decir, con una reducción relativa del espacio interno y un aumento de la proporción de hueso compacto. Este patrón no se expresa de la misma manera en los chicos ni es uniforme en todas las regiones del hueso, lo que explica por qué había pasado desapercibido en estudios previos que no distinguían entre sexos o analizaban el esqueleto de forma más general.

Estos cambios abren una ventana fisiológica que ayuda a situar a las adolescentes en una fase concreta de su desarrollo reproductivo, concretamente tras la primera menstruación. Sin embargo, la expresión de la “contracción medular” depende del contexto (nutrición, actividad física, estado de salud y condiciones de vida), por lo que no existen umbrales universales aplicables a todas las poblaciones. Pero precisamente esta variabilidad es lo que hace valioso el enfoque. Permite explorar cómo distintas poblaciones experimentaron la adolescencia femenina en contextos muy diversos y aporta nuevas herramientas para estudiar un periodo clave de la vida que rara vez deja huellas claras en el registro arqueológico. Además, ofrece una perspectiva a largo plazo sobre la salud ósea femenina, ya que la adolescencia es un momento crítico para la adquisición de masa ósea y condiciona el riesgo de osteoporosis y fracturas en la edad adulta.

En conjunto, este tipo de investigaciones contribuye a equilibrar una historia biológica que durante mucho tiempo ha estado centrada en el cuerpo masculino y a dar visibilidad científica a experiencias vitales femeninas que apenas quedaron reflejadas en las fuentes escritas. Aunque aún queda camino por recorrer y será necesario ampliar estos estudios a otras poblaciones y otros huesos, los resultados muestran que el esqueleto conserva una memoria más rica de lo que pensábamos. A veces, para entender los grandes momentos de la vida humana en el pasado, basta con aprender a mirar dentro de los huesos.

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