Primer Premio del VIII Concurso de Artículos de Divulgación Científica de la Universidad de Burgos.
Autora: Rocío García Pascual, doctora en Educación por la Universidad de Burgos.
Dentro de cada uno de nosotros habita el objeto más complejo y asombroso del universo conocido. No es una máquina de última tecnología, ni un complejo código de inteligencia artificial: es el cerebro humano, el centro de nuestros pensamientos, recuerdos, miedos y sueños.
Con sus 86 mil millones de neuronas y más de 100 billones de conexiones posibles, este órgano supera en complejidad incluso a la galaxia que habitamos. No es una simple metáfora, hay más sinapsis en nuestra cabeza que estrellas en la Vía Láctea.
Pero lo asombroso no es solo la cantidad, sino la forma en que estas neuronas se conectan para permitirnos pensar, sentir, crear, hablar, imaginar. Sin duda, el cerebro es el órgano que más nos diferencia del resto de seres vivos y el responsable de que domináramos el fuego, inventáramos la rueda y consiguiéramos caminar sobre la luna. Tal vez por eso, desde tiempos remotos, el cerebro nos fascina.
Pero… ¿Alguna vez os habéis preguntado cómo funciona realmente?
Hace más de un siglo, un médico español observó el tejido nervioso como nadie lo había hecho antes. Santiago Ramón y Cajal, considerado el padre de la neurociencia moderna, descubrió no solo que el cerebro está compuesto por miles de millones de neuronas individuales, sino también que estas pueden cambiar, crecer y reorganizarse a lo largo de la vida. A eso lo llamó plasticidad cerebral.
Hoy sabemos que esta capacidad es especialmente poderosa durante la infancia, pero también que nunca desaparece del todo. El cerebro adulto también puede generar nuevas neuronas. Este proceso —en el que nacen y se integran nuevas neuronas a los circuitos existentes— ocurre principalmente en el hipocampo: una estructura con forma de caballito de mar, cuyo nombre proviene del griego hippos (caballo) y kampos (monstruo marino), clave para la memoria y el aprendizaje.
Gracias a esta plasticidad, aprendemos, nos adaptamos, resolvemos problemas… y creamos. Y es ahí donde surge una conexión poderosa: plasticidad, funciones ejecutivas y creatividad. Tres procesos que no solo nos permiten adquirir conocimiento, sino transformarlo.
La infancia: el taller del cerebro
Durante los primeros años de vida, el cerebro humano vive una transformación extraordinaria. Las neuronas se multiplican, se conectan y reorganizan constantemente. Se generan hasta 700 nuevas conexiones por segundo en los primeros meses, y más de un millón por segundo a lo largo de los primeros años. Es el ritmo más rápido de toda la existencia.
Primero se forman los circuitos sensoriales básicos —visión, oído, tacto—, y sobre ellos se construyen capacidades más complejas: lenguaje, autorregulación, pensamiento reflexivo y creatividad. Todo este proceso está guiado por la plasticidad cerebral, que permite al cerebro moldearse según la experiencia. Como un escultor, fortalece las conexiones más usadas y eficientes y elimina las que no: a esto se le llama poda sináptica.
Pero no se trata solo de cuántas conexiones hay, sino de qué tipo de experiencias las activan. El cerebro infantil no necesita estimulación excesiva: necesita entornos seguros, vínculos estables, juego y adultos que acompañen con coherencia y sensibilidad. Es en esas interacciones cotidianas —jugar, imaginar, construir y ser escuchado— donde se tejen las redes que darán forma al pensamiento, la empatía y la creatividad.
Cada interacción deja huella. Cada vez que un niño o niña pregunta, construye o se equivoca, su cerebro ensaya nuevas rutas. Y cuando el adulto le responde con atención, esas rutas se fortalecen. La infancia es, para la neurociencia, una ventana de oportunidad única, el momento en que se diseñan los cimientos de nuestra mente.
Pero, así como el cerebro infantil tiene una capacidad inmensa para aprender, también es vulnerable. El estrés constante —ya sea por pobreza, violencia o falta de afecto— puede alterar profundamente su desarrollo. En estos contextos, el cerebro no se enfoca en explorar o imaginar, sino en protegerse. Su prioridad ya no es crear, sino sobrevivir.
Por eso, la educación infantil es preparar el terreno para que cada niña y niño pueda aprender, crear y adaptarse durante toda su vida. Lo que ocurre en los primeros años de vida se proyecta en la salud mental, en el aprendizaje y en la convivencia futura. Como reconoce la LOMLOE y la Agenda 2030, garantizar una educación de calidad desde el inicio es apostar por el desarrollo integral de niños y niñas desde sus primeras conexiones neuronales. No es solo una apuesta educativa o social: es una inversión neuronal.

Funciones ejecutivas y creatividad: el motor del pensamiento
A medida que el cerebro se desarrolla, emergen las funciones ejecutivas, habilidades mentales superiores como planificar, tomar decisiones, resolver problemas, mantener la atención o controlar impulsos. Son esenciales para el aprendizaje, la adaptación y el bienestar. Incluyen la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y el autocontrol.
Junto a ellas, la creatividad, una capacidad universal, decisiva para explicar los grandes inventos de la humanidad y aquello que nos convirtió en la especie que somos. Crear significa conectar ideas, imaginar lo que aún no existe, encontrar soluciones nuevas donde otros solo ven obstáculos. Ha sido el motor de nuestra evolución, y hoy es una herramienta vital para adaptarse, innovar y convivir en un mundo en constante cambio.
Creatividad y funciones ejecutivas van de la mano. Para inventar, necesitamos memoria que relacione experiencias, flexibilidad mental para cambiar de enfoque, y capacidad para elegir entre múltiples caminos posibles. De hecho, se activa una especie de “diálogo” entre tres grandes redes cerebrales que trabajan en equipo. Por un lado, la red que se activa cuando soñamos despiertos o generamos ideas espontáneas; por otro, la red ejecutiva, que nos ayuda a mantener la atención, evaluar ideas y organizarlas; y, por último, la red que hace de puente entre las dos anteriores, detectando qué información es relevante y cuándo cambiar el foco de atención.
Lejos de ser un caos, en los cerebros más creativos, estas redes están más afinadas, más conectadas y mejor coordinadas. Es como si dentro del cerebro hubiera una antigua centralita telefónica, donde miles de cables se cruzan y se conectan con precisión. Cada pensamiento, cada emoción o cada idea creativa requiere que estas operadoras invisibles —nuestras neuronas— establezcan el contacto adecuado en el momento justo cada vez que aprendemos algo nuevo.
Y gracias a la plasticidad, estas redes pueden entrenarse, ampliarse y fortalecerse con la experiencia, el ambiente adecuado y la educación. Estudios recientes muestran que las funciones ejecutivas y la creatividad no florecen en el vacío: necesitan un entorno emocionalmente seguro, donde la calidad del vínculo marque la diferencia entre un cerebro que crece… y uno que se repliega.
Por eso, no es casual que en los últimos informes PISA se haya elegido el pensamiento creativo como una competencia clave para el siglo XXI. La creatividad es una herramienta vital para innovar, convivir y afrontar los desafíos del presente y del futuro.

Esculpir el futuro
A comienzos del siglo XX, Ramón y Cajal dibujó con tinta negra el misterio del pensamiento. Descubrió que las neuronas no eran entidades pasivas, sino “seres inquietos”, con capacidad para crecer, reconectarse y renovarse. Hoy la ciencia le da la razón: el cerebro cambia, aprende, se transforma… si se le da la oportunidad.

Y hoy también sabemos dónde comienzan esas oportunidades, en la infancia. Sabemos que el juego, el arte, el vínculo y la curiosidad no son un lujo ni un pasatiempo. Son actos fundamentales para el desarrollo. Que cada interacción sensible puede reforzar una red. Que cada reto asumido con confianza es una chispa creativa encendiendo caminos nuevos.
Por eso, educar no es simplemente transmitir conocimientos, es esculpir cerebros. Es modelar estructuras mentales, ofrecer entornos ricos en lenguaje, afecto y desafíos. Es entender que el potencial humano no es un punto de partida, sino un territorio en construcción. Si el cerebro es moldeable, si la creatividad puede desarrollarse, si las funciones clave pueden cultivarse, entonces la educación es el cincel más poderoso que tenemos para transformar vidas y sociedades.
Como escribió Cajal: “Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro.” Nuestro potencial, como sociedad, es ofrecer a cada niño y niña ese cincel, darles la oportunidad, el tiempo y la posibilidad de soñar. Porque, tenemos que soñar, y soñar en grande. Porque cada sueño de un niño será un invento del futuro, y de eso depende nuestra especie.
Y porque, al fin y al cabo, como decía Nelson Mandela:
“La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.
Video: Las experiencias construyen la arquitectura cerebral. Center on the Developing Child. Harvard University
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Créditos: © CSIC – Instituto Cajal – Museo Cajal.
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Imagen obtenida de: https://www.humanconnectomeproject.org/

